MORIR A MANOS DE…
Leo en El País: “Montes lidera una campaña para despenalizar el
suicidio asistido”.
Es el mismo Montes imputado por las muertes por sedación “irregular”
ocurridas en el Hospital de Leganés.
Según los hechos, la mayor parte de pacientes fallecidos, ni eran
terminales, ni estaban en estado agónico, ni padecían sufrimientos
inhumanos, ni mucho menos fueron informados de que iban a recibir
dosis letales de sedación, ni dieron consentimiento alguno para
recibir tales dosis ni para que ello sirviese para acabar con sus
vidas.
Sencilla y llanamente acudían a Urgencias, cada uno con sus dolencias
propias, y “se les aparcaba allí tras recibir una determinada dosis de
sedación, sin haberse realizado las actuaciones indicadas previas de
averiguación de sus padecimientos, contraindicaciones, etc.
Tras esto, unos pacientes soportaban esas dosis, otros presentaban
complicaciones por ellas y otros morían.
No nos preguntemos el porqué iba alguien a actuar en forma tan
absolutamente infame. Ni intentemos justificar aquello por la simple
razón de que no encontremos una razón lógica para que alguien actuase
así. Una enfermera de un país europeo que no recuerdo, se dedicaba a
inyectar veneno a sus ancianos pacientes convencida de que así les
hacia el bien supremo de trasladarlos de esta vida a la próxima y que
pudieran gozar así de Dios. Otros lo han hecho antes por motivos y
razones absolutamente absurdos. Pero el caso es que esas cosas se
hacen.
¿Qué los jueces han dicho que nada de lo dicho era cierto y que el Sr.
Montes es inocente?
No, nada de eso. Los informes periciales lo confirman, el primer auto
de archivo del Juzgado de Instrucción confirmaba igualmente la
práctica contraria a la normo praxis. Se archivó –no se declaró
inocente al Sr. Montes- por cuestiones técnicas de índole jurídica: la
dificultad del juez para encontrar relación directa causa efecto. Y
después la Audiencia Provincial confirmó el archivo sin argumento
alguno. Pero el caso no es cosa juzgada penal aún. Y, por otra parte,
con independencia del resultado penal, hemos de estar atentos a lo que
nos muestran los hechos desde la perspectiva del reproche moral, ético
y de la misma razón, respecto a lo que aquel señor hizo.
Es evidente que toda la presión de los medios de difusión afines al
PSOE hicieron toda una labor propicia para que tal final judicial
sucediera –de momento, pues aún existen recursos en marcha y, por otra
parte, la causa puede reabrirse si aparecen circunstancias nuevas-
haciendo de la causa contra el Sr. Montes una causa contra Leganés y
su hospital.
Es también evidente que ello no obedecía más que a una reacción contra
el otro partido, el P.P. Una oportunidad para intentar desgastar y
desprestigiar, a pesar de manipular la verdad y encubrir una serie de
delitos. El Sr. Montes y su causa –observemos que pronto se olvidaron
de las victimas lesionadas y fallecidas- no fue sino un ariete que
explotar para otros fines políticos muy distintos que la seguridad de
los pacientes y la simple y llana justicia.
Para los incrédulos, recomiendo que intenten acceder a los informes
periciales o que hablen con las familias de las víctimas para entender
hasta que punto pueden llegar los malos e inconfesables hábitos
políticos en la manipulación de la realidad y la justicia.
Hasta tal punto llegó esta autentica perversión de la verdad y la
razón, que el Sr. Montes apareció en algún mitin del PSOE como la
injusta víctima, como el héroe glorificado.
Y ahora aparece. Liderando una campaña pro suicidio asistido.
Ergo, ¿eso fue lo que él hizo? ¿No fue simple negligencia,
comportamiento descuidado o una mala praxis? ¿El predica ahora lo que
ya hizo: asistir al suicidio a unos pacientes?
Esto es absurdo. ¿Quién de ellos le pidió que le asistiera en su
suicidio? ¿Quién le pidió que le diera muerte? ¿Quién le otorgó
consentimiento para ello? Nadie.
¿Cuantos de aquellos que murieron, padecían enfermedad terminal, y
además se encontraban en estado agónico, y además padecían
sufrimientos inhumanos, y además dieron su consentimiento para recibir
dosis letales de sedación? Ninguno.
Nos encontramos, pues con un absurdo: excusatio non petita, acusatio
manifesta.
Predica el suicidio asistido y la eliminación del Código Penal de la
pena para el que coopere con un suicida, eso si, siempre que el
cooperador –médico en este caso- cuente con el consentimiento del
suicida. ¿Con cuantos consentimientos contó él para administrar
aquellas dosis letales de sedación? ¿Fue entonces cooperación activa
al suicidio lo que él hizo?
Predica la eutanasia despenalizada. ¿Fue entonces eutanasia lo que él
realizó? La eutanasia está penada por el Código Penal con penas de
prisión menores que el asesinato. En síntesis, para distinguirla del
asesinato, la eutanasia requiere que concurran –es decir, se den en
forma simultánea- las siguientes circunstancias: Enfermedad terminal,
estado agónico, sufrimientos inhumanos, consentimiento del paciente o
representantes legales.
Sin embargo, no es que faltase el consentimiento en todas las
administraciones de sedación que realizó el Sr. Montes –razón esta
suficiente para que no se considerase delito de eutanasia y si de
asesinato-, es que faltan todos los demás requisitos en la mayoría de
los casos.
Pero, volvamos a la campaña que lidera el Sr. Montes y a algunos de
los elementos de la misma que refleja el diario El País, pues
considero alarmantes los mismos y merecedores de alguna reflexión.
Se habla de “muerte digna y asistencia ante la muerte”. Pero creo que
lo más correcto sería hablar de asistencia para la muerte, que es lo
pretendido, no de asistencia ante la muerte. Pues son conceptos bien
distintos
Y respecto a muerte digna…
Así mismo, el artículo señala que “el manifiesto exige protección
legal para el personal médico que acepte tanto las prácticas
eutanásicas como la ayuda al suicidio médico”. ¡Cielos! ¿Suicidio
médico? ¿No es eso un absurdo propio de los hermanos Marx? ¿Médico no
es aquello que hace una plena disposición de medios y actividad en pos
de la defensa de la salud y vida de los pacientes? ¿Ahora debe
añadirse también: …en pos del suicidio, salud y vida de los pacientes?
Y la cosa empieza a darme escalofríos cuando sigo leyendo:”el término
eutanasia se refiere a que un médico suministre fármacos a un enfermo
terminal que los pide para acabar con su vida”. Es evidente que la
definición es incompleta. Y sigue: “En cambio, el termino suicidio
asistido se refiere a suministrar al enfermo los fármacos necesarios
para que este ponga fin a su vida”. Bueno, la población mundial va a
bajar mucho con esto ¿Bastará pues sólo pedir al médico que te mate y
firmar un consentimiento para que el médico altruista quede impune?
Siguiendo el artículo:”una buena regulación y una buena praxis
evitarían prácticas clandestinas” ¿Eso es lo que hizo el Sr. Montes,
prácticas clandestinas?
Quisiera hacer una serie de reflexiones finales al hilo de cuan
pernicioso y dañino ha sido todo el tema “Montes” y cuanta confusión y
cuanta “vía libre” o patente de corso ha dado en nuestros hospitales.
Y lo haré en cuanto mi familia y yo mismo hemos sido victimas de todo
ello en la persona de mi padre.
La cosa es muy sencilla: paciente con infarto cerebral propiciado
además por una negligencia médica reconocida por varios de los
miembros del hospital. Ingresa en la UCI para recibir tratamiento con
heparina. Su situación es de síndrome de cautiverio con parálisis casi
total del cuerpo, pero conservando totalmente la consciencia,
sensibilidad en todo el cuerpo y todas sus funciones vitales intactas.
En resumen: paralizado casi totalmente pero consciente y sin dolores
fuera de lo normal. No estaba en situación terminal, ni agónica, ni
padecía dolores inhumanos.
Esta situación neurológica requiere el transcurso del tiempo –al menos
seis meses- para observar hasta qué punto el paciente recupera
movilidad.
Ingresó en la UCI para recibir el tratamiento con heparina y,
posteriormente, subirlo aplanta de neurología para observación y
rehabilitación. Sin embargo, los médicos de la UCI, un día después de
su ingreso, manifiestan que, ante la situación de mi padre, y el hecho
de que no va a tener una vida digna, han decidido por consenso
administrarle una dosis de sedación que acabe plácidamente con su
vida en cuestión de minutos. Ante nuestra sorpresa, manifiestan que no
nos equivoquemos, que esa es una decisión ya tomada por consenso en
la UCI y en ello nada puede decidir la familia. Además se nos hace
toda una exposición de lo que es una vida digna y una muerte digna.
Tras confirmar con los neurólogos que mi padre seguía en la misma
situación en la que ingresó en la UCI y que requería tiempo para saber
el estado de evolución de su parálisis, los neurólogos hablan con los
médicos de la UCI y salen alarmados y enfurecidos, pues éstos les han
propuesto que modifiquen su diagnóstico a fin de justificar la
decisión tomada de eliminar al paciente y que la familia no dé guerra.
La familia se opone frontalmente y amenaza abiertamente a aquellos
médicos de la UCI con dar cuenta a la Justicia si hacen lo planeado.
Y comienza toda una lucha, incluidos debates sobre lo que es una vida
digna o indigna.
Uno de aquellos médicos intenta justificarse de alguna forma
proponiendo que “quizás en adelante sería conveniente consultar con la
familia respecto a qué consideran ellos una vida digna para el
paciente”. Estos médicos llegan incluso a proponer hablar con el
paciente para pedirle su consentimiento para administrarle la sedación
letal.
Observamos que esos médicos no tienen ni idea de la regulación legal
de su profesión; que están convencidos de que ellos tienen potestad
para administrar la muerte a aquellos pacientes a quienes ellos
consideren que no van a tener una vida digna, simplemente así de
sencillo. Ni eutanasia ni puñetas. Su criterio de vida digna es el que
prevalece. Ni consentimiento ni gaitas. Su criterio, de vida digna es
el que prevalece.
No todos los miembros de la UCI eran de ese tenor moral y ético. Pero,
tras todo aquello, la lucha diaria contra los “otros” fue inevitable a
lo largo del proceso de ingreso de mi padre en la UCI. No voy a
relatar el resto de lo acontecido. Por demás, todo está en proceso
judicial. Pero si me gustaría que reflexionásemos sobre el peligro de
todo esto, sobre el peligro de admitir supuestos que desnaturalizan a
la medicina misma y nos dejan absolutamente indefensos ante el
criterio de personas ajenas a nosotros que deciden sobre nuestra vida
al margen de nosotros y nuestra soberanía, y lo hacen -y quieren
hacerlo con paraguas legal- en base a su exclusivo criterio de vida
digna, muerte digna, o su exclusivo criterio moral, ético o incluso
mero capricho o estado de ánimo ese día.
Es inevitable volver nuestra vista a la Alemania nazi. Empezó todo con
una autorización judicial para un caso excepcional de eliminación de
una niña con problemas graves. Luego se empezó a convertir en normal
lo excepcional y a ampliarse los supuestos hasta el punto de que se
dio cobertura legal a todos ellos. Y finalmente llegó la utilización
política que llevó a la eliminación étnica.
¿Qué exagero? ¿Cree alguien que lo que he contado es una exageración?
Una cosa es paliar el sufrimiento -¿quién puede estar en contra de
ello?- y otra cosa es matar. Y otra cosa aún más distinta es matar a
otro en base a un criterio propio cultural, moral, ético o religioso.
Pues es evidente que todo esto se entremezcla en la mente y espíritu
de aquel que toma una determinada decisión al respecto.
Hay profesiones que obligan a sus miembros a pasar cada cierto tiempo
un examen psicológico –por ejemplo los pilotos de líneas aéreas-. ¿por
qué no sucede lo mismo con profesionales de Servicios de Urgencias o
UCI que toman decisiones –muchas veces en soledad y en situaciones de
urgencia- sin que sepamos realmente cual es su concepto moral, ético,
deontológico y legal respecto a ellas? Pensemos en un médico de una
UCI cuya religión está en contra de las transfusiones de sangre, y él
lleva a cabo ese mandamiento día tras día en su trabajo. Para aquellos
supuestos en que, normalmente, sea fácil no dejar rastro de esa
decisión y sus consecuencias, ¿Cuántas victimas habrá por ello? Aún
cuando se descubra lo mal hecho, el caso es que hecho está y ya poco
podrá hacerse por las victimas.
¡Que Dios, la providencia o quien sea nos ayude cuando entremos en un
hospital, y caigamos en manos de personas con, al menos, sentido común
y una pizca de moral y ética, ya que, al parecer, no lo tienen legal
ni médico!
Adomar