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Empacho de autoestima

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La franda frato

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Oct 26, 2000, 3:00:00 AM10/26/00
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Suplemento: “El semanal” finales de 1999
Apdo. ‘relaciones humanas’
Autor: Bernabé Tierno
Título: Empacho de autoestima


Una persona sencilla, muy preparada, responsable y trabajadora, me pedía
consejo para no caer enfermo de los nervios y, al mismo tiempo, no perder su
empleo del que viven él y su familia. Trabaja para una persona famosa e
influyente, pero insoportable, no sólo por el trato humillante que da a sus
subalternos, sino por el repugnante empacho de autoestima que padece desde
que está en las alturas. «Para seguir a su lado -dice- y no poner en peligro
el puesto de trabajo, cada día debes procurar caerle simpático, hacerle
feliz y reírle las gracias. Su gracia preferida es hablar mal de las
personas que pueden hacerle sombra. Maldice, condena, descalifica,
insulta... Si no te divierten sus críticas y no te unes a ellas, caes en
desgracia, te amarga la vida».

Debo decir que el empacho de autoestima o necio orgullo nada tiene que
ver con la verdadera autoestima que caracteriza a quienes ocupan altos
puestos por su valía, capacidad y esfuerzo, pero también por su gran
humanidad y sencillez, que demuestran tratando a sus empleados con el mismo
tacto y respeto con que les gustaría ser tratados ellos mismos. El empacho
de autoestima suelen padecerlo más bien quienes llegaron arriba por enchufe,
porque supieron trepar pisando cabezas, sin escrúpulos, o porque el éxito
les llegó tan de repente y están tan encantados de haberse conocido que se
deshumanizan con la misma rapidez con que comienzan a sentirse divinos, por
encima del bien y del mal y del resto de los mortales.

Es fácil detectar si alguien sufre de empacho o de indigestión de sí
mismo porque piensa, siente y habla maldiciendo, descalificando, insultando,
despreciando, minusvalorando... Como si al mostrar, resaltar y airear las
debilidades, los errores y carencias de los demás, consiguiera auparse a sí
mismo y sentirse más importante, inteligente, verdadera deidad entre tanta
necedad, entre tanto cretino. ¿Qué pueden hacer quienes dependan de estos
semidioses? Yo creo que nada debe anteponerse a la dignidad personal y bajo
ningún concepto reiría sus gracias a un tipo así. No tenerles miedo me
parece lo más adecuado. Mejor perder el empleo que la dignidad y el respeto
a sí mismo. Ya surgirá una nueva oportunidad de trabajar a las órdenes de
una persona humanizada a quien no se le hayan indigestado sus éxitos y
méritos.

El Mizzian

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Oct 26, 2000, 3:00:00 AM10/26/00
to
Interesantísimo el artículo que publicas, "La Franda". He aquí otro que
trata del mismo tema, comparando el empacho de autoestima (en este artículo
se le define como egocentrismo) con el alcoholismo. Es muy interesante.

EL EGOCENTRISMO, ¿UNA ENFERMEDAD O UN PROBLEMA?

El egocentrismo es un problema tan antiguo como el del alcoholismo y que,
siguiendo a H. Geneen, probablemente también arraiga en un fondo de profunda
inseguridad personal. Aunque el egocentrismo no afecte directamente a la
salud del indivíduo, puede afectar al bienestar de la corporación, de las
personas que forman parte de ella y, por efecto de propagación, a la
productividad de todo un país. Es mucho más peligroso, en potencia, para la
buena marcha de una compañía. Pero, a diferencia del alcoholismo, el
problema del directivo egocéntrico todavía no ha saltado a la palestra; es
un secreto que todos conocen, del que ninguno habla, y al que casi nadie
sabe como enfrentarse.

Lo mismo en los niveles intermedios de la dirección, como en los más
altos, el egocentrismo individual desenfrenado hace que el indivíduo se
vuelva ciego a la realidad que le rodea; vive cada vez más encerrado en un
mundo imaginado sólo por él, y como está sinceramente convencido de que no
hace nada equivocado, se convierte en un peligro para el personal que
trabaja bajo sus órdenes. Cuando tal comportamiento incide en los asuntos
corporativos o empresariales, el problema de qué hacer con el egocéntrico
pasa a ser tan serio como el del alcoholismo. El egocéntrico puede que
ande, hable y sonría como los demás, pero su narcisismo le incapacita lo
mismo que las copas inutilizan al alcohólico. No admite ninguna información
que sea contraria a cierta noción preconcebida o imagen de sí mismo que
reside en su mente. El egocéntrico incrustado en la vida corporativa cree
ser más listo que cuantos le rodean, y se considera en cierto modo
“predestinado” y sabedor de todas las soluciones a todos los problemas; él
es quien manda y todos los demás están allí para subordinarse a sus fines.
Es una persona enferma.

Este tipo de egocentrismo está muy lejos del amor propio normal o
autoestima que reside en el corazón de cualquier persona que haya alcanzado
algo alguna vez. Una buena medida de autoestima o de confianza en sí mismo
es fundamental para todo el que pretende ser un líder, tanto en la vida
corporativa como en cualquier otra parte. El líder corporativo ha de
afirmar su propia personalidad a fin de motivar a las personas para que se
muevan hacia el objetivo que aquel, acertadamente o no, haya considerado
correcto. Pero, mientras trata de vencer la inercia de las cosas y fomentar
la actividad, su liderazgo siempre ha de estar sujeto a enmiendas; debe
estar dispuesto a confesar un error y a escuchar los puntos de vista de los
demás. Por listo que se considere uno, debe recordar que es falible y que no
está a salvo de dudas e incertidumbres, de modo que las ideas, sugerencias e
informaciones procedentes de otros siempre serán bienvenidas.

Muchos directivos procuran no ser o no parecer egocéntricos. La lógica,
la decisión, la objetividad son las cualidades que prefieren exhibir la
mayoría de los directivos ya que el éxito se funda en dichos elementos. El
buen directivo pasa revista a sus acciones en busca de cualquier asomo de
prejuicio personal o de vanidad. Una cosa es saber quién es uno mismo y lo
que representa, y otra el salir a buscar deliberadamente los elogios y la
adulación.

El coste y el daño de las vanidades hipertrofiadas para las empresas va
mucho más allá de las horas de trabajo perdidas. Sería como reducir los
costes del alcoholismo a los índices de absentismo. A nivel directivo, el
alcohólico puede ser más dañoso en su despacho que si se quedase durmiendo
la borrachera en casa. Lo mismo puede decirse del egocéntrico. El auténtico
mal consiste en que la vanidad no conoce frenos, al igual que el alcohol
domina la voluntad del dipsómano, y el afectado acaba por ser víctima de su
propio egocentrismo. Acaba tan absorto en sí mismo y en las satisfacciones
dedicadas a su amor propio, que pierde su sensibilidad para con los
sentimientos de los demás. Pierde su sentido común y su objetividad. Se
convierte en un peligro potencial para el proceso de la toma de decisiones.

Todo eso no se pone en evidencia directamente; el egocéntrico no anda
haciendo “eses”, ni deja caer al suelo las cosas, ni se le traba la lengua
al hablar, ni se le cae la baba. Al contrario, adopta posturas cada vez más
arrogantes, y algunos, desconocedores de lo que se oculta detrás de
semejante actitud, la interpretan como una muestra de poderío y seguridad en
sí mismo.

Pero no engañará por mucho tiempo a quienes le rodean. Esa arrogancia
egocéntrica ejerce un efecto corrosivo sobre los que se ven obligados a
tratar con él y eso se nota a la larga.

Difícil tratamiento

Es mucho más difícil tratar a un egocéntrico que a un alcohólico. A nivel
institucional, es posible que alguien dotado de mayor autoridad pueda
intervenir y aplastar una arrogancia tan perjudicial. En cambio, en los
pasillos más altos del poder se hace muy difícil el tratamiento de tal
afección, una vez desatada. Los subordinados tendrán que adaptarse
aprendiendo a manejar con diplomacia a esta clase de “jefes”. Guardarán
silencio aunque tengan sugerencias innovadoras, para no chocar con él. Ante
cualquier cuestión se limitarán a fingir un debate superficial, y acabarán
sabiendo cómo satisfacer sus caprichos, darle la razón y deslizarle elogios.
Todos saben o sospechan que sus decisiones se fundan más en consideraciones
personales que en ninguna reflexión objetiva o realista acerca de los
hechos. Los proyectos favoritos del jefe asumen prioridad. Decisiones de
casi imposible realización son transmitidas a los subordinados sin que
nadie, de entre las clases de tropa, entienda la racionalidad que las
justifica, con lo que se crea un ambiente horrible. Entre los colegas, bien
se trate de director general o de componentes de alguna Junta, sí se
advierte la existencia de un problema de vanidad enorme, pero el caso es que
nadie sabe cómo paliarlo o enfrentarlo.

Es raro que el egocéntrico descubra de manera explícita el hipertrofiado
concepto que tiene de sí mismo. Pero la realidad acaba por vengarse. Al fin
y al cabo, se venga de él a través del rendimiento de su empresa. No puede
ser de otra manera, porque el egocéntrico en funciones de directivo está
incapacitado para juzgar, para entenderse con los demás, para desempeñar sus
funciones.

La baja de rendimiento, productividad y beneficios en cualquier empresa
sometida a los caprichos y a la arbitrariedad de un directivo egocéntrico
serán del orden de un 40 por ciento como mínimo. O dicho de otra manera, si
no existiera dicho egocéntrico disfuncional y nefasto, cabría esperar una
mejora global del 40 por ciento. Es una pérdida enorme.

Si se cayera en la cuenta de que el egocentrismo es una enfermedad, tal
vez se le podría poner algun remedio. Pero dado el estado actual de
indefinición y falta de criterios de medida en relación con las
personalidades narcisistas, éstas siguen representando una pérdida oculta en
el mundo empresarial, y es sospechoso que la misma seguirá siendo tolerada.
Es desesperante.

Está claro que el egocentrismo es una cuestión que falta por definir en
la sociedad y que puede suponer una grave enfermedad a nivel de corporación.

Dres. Moisés Cadierno
y María Luísa González
M.D. Emergency

(Revista “Salud”, de 13 enero 1991)


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