Tomar en las Propias Manos la Capacidad de Hacer Historia
EL MACHETEARTE
Por Javier Rivera
El centenario de la lucha revolucionaria en México está muy cerca, las historias de los héroes revolucionarios inundan el aire de esperanza y temor, y es común escuchar entre la población la idea de una nueva posible revuelta. Esta idea mítica y cíclica de la historia –casi mística de tiempos pre-americanos– que se ha generado en la conciencia colectiva de los mexicanos, acerca de que cada cien años la realidad sufre un quiebre en su vida de aparente cotidianidad, va cobrando cada vez más fuerza entre aquellos que anhelan un cambio de las actuales contradicciones que se viven en el país y entre un grupo de privilegiados que no darán marcha atrás al proyecto neoliberal.
Ricardo Flores Magón, importante periodista, político y precursor intelectual de la Revolución Mexicana, escribía un 19 de noviembre de 1910 en el periódico Regeneración que aquellos que temen a la Revolución son “los mismos que la han provocado; los que con su opresión o su explotación sobre las masas populares han hecho que la desesperación se apodere de las víctimas de sus infamias; los que con la injusticia y la rapiña han sublevado las conciencias y han hecho palidecer de indignación a los hombres honrados de la tierra. La Revolución va a estallar de un momento a otro” .
Y tal pareciera que la nefasta clase política vigente que dice gobernar, constantemente se empeña en tomar medidas contrarias a los intereses de la mayoría de los mexicanos, beneficiando a un sector empresarial sin escrúpulos que sólo favorece a los bolsillos de un puñado de ambiciosos que quieren exprimir toda la riqueza a costa del trabajo de muchos, posibilitando así un hartazgo generalizado que lleve, sino a una revuelta armada, sí a una situación límite radicalizada. Hay un pueblo indignado a punto de tomar las riendas de su devenir histórico.
Y es que hace cien años, Flores Magón describe de manera muy similar lo que acontece con la clase política de la época; oportunistas carroñeros que se perpetuán en un poder corrompido, que “han engañado, han traicionado ocultando sus crímenes bajo el manto de la ley, esquivando el castigo tras la investidura oficial”. Basta recordar y comparar algunos casos representativos de los innumerables actos de impunidad que han sufrido los luchadores sociales a manos de asesinos del pueblo, como en Acteal con Zedillo, Atenco y Peña Nieto, la APPO en Oaxaca y Ulises Ruiz, el SME y Felipe Calderón, etc., para pensar que en el 2010 es el momento histórico de luchar con mayor fuerza.
Si bien las condiciones sociopolíticas de 1910 son similares a la coyuntura actual, la historia no es la misma, ni se repite cada cien años. En la lucha armada que se suscitó hace casi un siglo fueron varios los factores que la determinaron: “la crisis generalizada del Estado porfiriano; el fracaso de una solución pacífica a la sucesión de 1910; las aspiraciones de las clases medias y populares, contrarias al régimen oligárquico, y el complejo contexto internacional de aquellos días”.
Hoy, a pesar de una larga lista de factores: el alza a los impuestos a pesar de una crisis económica mundial; que de toda la pobreza en Latinoamérica, México ocupe la mitad de esa población; que el país sea uno de los más violentos e inseguros del mundo, que cada día es más difícil acceder a la educación, la falta de seguridad social y muchas de las prestaciones que por ley les corresponden a los trabajadores, que la lucha social se multiplique en diversos frentes, etc. etc., que hacen pensar, soñar y temer en la posibilidad de una lucha revolucionaria armada, la realidad es que el sistema económico, político y cultural que padece el país se ha encargado de situar al mexicano en un estado de bienestar aparente, de cómoda sobrevivencia, que imposibilita la acción política del grueso de la población.
La encomienda hoy es generar las condiciones objetivas y subjetiva a través de una cultura desalienadora, de medios de información críticos, de una educación liberadora, de proyectos económicos autogestivos, de una política que resignifique el poder popular, el mandar obedeciendo.
Esta lucha histórica no es la de derrocar a un dictador sino la de derrumbar un sistema ideológico –la cultura capitalista- que no permite visualizar horizontes de un mundo distinto, justo, libre, humano, mejor.
La lucha revolucionaria hoy es generar un movimiento social que haga conciencia de abogar por el otro, de construir el tejido social con nuevas formas de relacionarnos, de defender la dignidad humana en contra de cualquier bestia política corrompida.
En estos tiempos en que lo real se mimetiza con lo mítico, las acciones inmediatas con las estrategias a largo plazo y las pasiones heroicas con la razón calculadora, es importante recordar las palabras de Ricardo Flores Magón: "Es oportuno ahora volver a decir lo que tanto hemos dicho: hay que hacer que este movimiento causado por la desesperación, no sea el movimiento ciego del que hace un esfuerzo para librarse del peso de un enorme fardo, movimiento en que el instinto domina casi por completo a la razón. Debemos procurar los libertarios que este movimiento tome la orientación que señala la Ciencia. De no hacerlo así, la Revolución que se levanta no serviría más que para sustituir un presidente por otro presidente, o lo que es lo mismo, un amo por otro amo” .
Hagamos hoy, pues, conciencia histórica, evaluemos el transcurso del tiempo, de la vida, de la existencia propia y construyamos proyectos de vida que transformen nuestro entorno, tomemos en nuestras manos la capacidad de hacer historia.