Vaya por delante que en las últimas elecciones generales no voté al PP, ni a ningún otro de esos partidos considerados de “derecha”, y es que la opinión pública es hoy más sensible a la tendencia ideológica de quien habla que a la razón de sus afirmaciones. No puedo votar a los que tan penosamente han hecho oposición a Gobierno tan lamentable como el de la anterior legislatura (a sus logros me remito).
No quiero reivindicar nada a favor de nadie. Como mero espectador de lo que ha ido sucediendo en España en las últimas semanas, me limito a referir algunas curiosidades que me han llamado la atención y me han sugerido alguna reflexión.
Me voy hasta Valencia. Unos indignados alumnos de instituto de enseñanza media protestan cortando ilegalmente la vía pública. Carga policial, como reacción institucional de dureza más que discutible, según las imágenes que abundan en la red. ¿Víctimas? Los ciudadanos perjudicados por los que delinquen, por supuesto. Por supuesto que no. El mester de progresía arremete contra el Cuerpo Nacional de Policía y la Subdelegación del Gobierno por coartar la libertad de expresar pacíficamente las propias ideas. ¿Y eso? Es que llevaban pancartas. En España, si llevas una pancarta, cualquier delito se debe considerar un acto de la legítima libertad de expresión. Por ejemplo atracar una oficina bancaria a punta de pistola, pero en lugar de con una media al uso, enfundando la cabeza, con una palestina al cuello y una pancarta que reivindique los derechos sociales frente al capitalismo imperante. Siempre con una K de kilo o una viñeta denigrante. Esto daría, al menos, pata un relato breve de algún imaginativo escritor.
Y bien, ¿qué expresaban libremente hasta ser reprimidos en sus derechos los que cortaron la vía pública? Pues no sé qué de recortes en educación. ¡Oh, paradoja! se quejan de recortes en educación aquellos mismos que no hacen otra cosa -en perjuicio de la calidad de enseñanza- que propiciar tijeretazos salvajes al horario de estudio. No es menester el dinero para adquirir conocimiento, sino ponerse delante de un libro y dedicar horas a la ardua tarea de estudiar. Lo que no hacían los pancarteros de Valencia, al menos esa tarde y las siguientes.
Y hablando de pancartas… ¿Cuánto dinero de las ayudas públicas destinarán los sindicatos a la financiación de sus pancartas, pegatinas, cabeceras de movilizaciones, carteles propagandísticos…? Parece que salen a millares cada día. No entiendo por qué hay que ayudar con el dinero de todos a que esos señores derrochen ideología barata (barata la ideología, no la imprenta).
Pues he observado eso; y también las movilizaciones que han tenido lugar o anuncian que tendrán lugar (con un mensaje apocalíptico que hace evocar a los jinetes funestos del fin de los tiempos) contra la reforma laboral que ha diseñado el Gobierno. Reforma al margen de los sindicatos, a los que se les ofreció llegar a un acuerdo con la patronal, y que por fin tuvo que realizar el Gobierno, dada su cerril capacidad de negociación (oportunidad despreciada, que supone una muestra más de la incoherencia, si no de la inutilidad, de los que ahora quieren que se les tenga en cuenta).
Sí, observo movilizaciones, pequeñas movilizaciones en comparación con las millonarias manifestaciones en contra de las primeras iniciativas del anterior Gobierno, sí, el de Zp, ese que negó la crisis, y al que –con Rubalcaba en la sombra- se le fue la situación de las manos, por incapacidad manifiesta y conocida de todos. Sí, las manifestaciones a favor de la familia (foto arriba), en contra de la LOE y la Educación para la ciudadanía, las revueltas de los astilleros de Cádiz, las de los ciudadanos que pedían que el Archivo de Salamanca no fuese trasladado a Cataluña, la de la AVT… con más o menos razón, esas manifestaciones se realizaron, y ganaron por goleada en número y comportamiento (o ciudadanía) a los que ahora se movilizan con agresivos exabruptos. Aprovechar, pues, los afines al PSOE estas agitaciones como argumento político, es un arma de doble filo, que hiere más en este caso a quien la empuña que a quien se dirige.
Yo no soy un experto en economía, imagino que igual que casi ningún español de los que opinan en todos los medios posibles. Lo que sí sé es leer, y me consta que lo que se lee en el BOE en referencia a la reforma laboral, no es lo que se ha llamado “abaratamiento del despido”, solamente, sino otras muchas medidas. Que insisto, no sé si serán mejores o peores, pues no sé de economía, y a la vista está que de lo que dicen los sindicatos (UGT y CCOO) y el partido socialista no se puede uno fiar demasiado para determinar esa maldad o bonanza. Quizá este fenómeno de manipular y sesgar la realidad se deba a otro recorte ya señalado, el de las horas de estudio, que imposibilitan al ciudadano leer y comprender, y por tanto le hace vulnerable a las artimañas de unos cuantos que pretenden arañar cuatro votos o proteger sus privilegios de “liberados”.
Lo último que he observado y esto sí que me da miedo, es que los partidos políticos de la democracia (ese sistema que se valore como se valore ha llevado a España al mayor bienestar de su historia) se rebelen contra sus instituciones y sus vías institucionales. Me refiero a la toma de postura que han tenido concretamente en contra de la sentencia contra Garzón, el pataleo en Andalucía contra la juez que instruye el escándalo de los ERE, el apoyo a manifestaciones ilegales, las opiniones contra la sentencia del caso Marta del Castillo… La razón de la ley y del derecho queda sometida por estos partidos -y cada vez más por la opinión pública- a los cambiantes vientos de los sentimientos de una masa orientada interesadamente por quienes deberían defender y respetar la actividad del poder ejecutivo, cuando no hay razones procesales objetivas para opinar en contra. Esto me da más miedo que la admisión de la izquierda abertzale en el Congreso de los Diputados. Sin embargo, eso que en su día fue más escandaloso en las conciencias de algunos (cuando algunos incluye a las víctimas del terrorismo), la llamada “izquierda”, que ahora no hace más que quejarse, cayó con un silencio complaciente, o bien se manifestó satisfecha por lo dictaminado por el Tribunal Constitucional.
Incoherencias y contradicciones que me dejan, como ciudadano, bastante desorientado a la hora de emitir un juicio bienintencionado acerca de la función pública de los políticos, de uno y otro lado, que se supone que buscan el bien de la nación y no el propio.