Más sobre la “Sociedad del Miedo” en Costa Rica José Luis Vega Carballo

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Silvia Paz

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Apr 7, 2013, 12:27:15 AM4/7/13
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Más sobre la “Sociedad del Miedo” en Costa Rica

Fuente: José Luis Vega Carballo  |  2013-04-03

Columna “Pensamiento Crítico”

Hemos explicado desde esta columna cómo sucedió que el mundo exterior más allá de nuestros hogares y hasta del país se ha visto sometido sin mucho aviso ni preparación a los duros embates de las aperturas de mercados y la globalización. Desde inicios de la década de 1980 se fue tornando más peligroso, incierto e inestable. Fue dando pábulo a la omnipresencia del temor en la vida cotidiana de los productores y consumidores, unos reales, otros imaginarios, pero igualmente angustiantes. Y mucho más, cuanto más azotan las conocidas crisis del capitalismo las cuales nunca se han enfrentado trasladando sus costos y penurias a los ricos sino a los pobres y más desprotegidos. Esto ha agravado los peligros que sobrevienen de repente así como la sensación de estar siempre expuestos a ellos y de tener medios para enfrentarlos.

En general, en los últimos cuarenta a treinta años hemos visto a los políticos y altos funcionarios de la burocracia pública asumir la teoría y práctica del neoliberalismo para deshacer las instituciones y empresas que garantizaban la seguridad ciudadana, tomada ésta en un sentido integral y no solo como seguridad pública por la vía policial; todo ello con el afán desmedido de que los recursos estatales funcionen al servicio de los intereses privados del mercado desregulado, la banca agiotista y el libre comercio, lo cual se supuso generaría un nuevo orden plagado de riqueza, empleo y mejor bienestar para todos. Nada de eso sucedió y hoy vivimos las consecuencias: el surgimiento de lo que hemos denominado la “Sociedad del Miedo”.

El Neo-institucionalismo en acción

Al principio de la poda del Estado social se insistió en que las medidas se tomaban para atacar la corrupción en sus raíces y acabar con la ineficiencia del “gran elefante blanco” (el Estado Social). Se redujo así su tamaño, muchas de sus funciones se transfirieron a manos de mercaderes particulares, y vimos aplicar la llamada movilidad laboral para disminuir el monto de la planilla. A eso se le llamó en los años 90 del siglo pasado la “Reforma del Estado” y se la hizo parte de los Programas de Ajuste estructural”, o PAES.

Pero, desde inicios de este siglo eso se detuvo la poda y el énfasis fue puesto en utilizar el aparato estatal (o lo que de él no había sido arrasado) para apoyar directamente la gestión de los negocios empresariales y disponerlo, vía diversas reingenierías, a que dentro de él mismo pudieran fusionarse intereses públicos y privados, convirtiéndolo de tal modo en un espacio de mercado abierto para negocios turbios, la mayoría ilícitos; por lo que ahora resulta difícil distinguir a un funcionario de un empresario o su representante, tal el grado de la imbricación que venimos observando.

Claro está, que el resultado de la anterior tendencia –llamada “Neo-institucionalismo” por el Banco Mundial- ha sido producir una indiferenciación entre lo público y la privado en beneficio de este último; pero asimismo ha servido para sembrar hacia adentro y hacia afuera del Estado la incertidumbre e inestabilidad típica de los mercados incontrolados; también para crear inesperados desbalances de “ganadores” y “perdedores” por doquier, conforme la competencia mercantilista se ha ido imponiendo y universalizando, en especial cuando distintos sectores del empresariado y grupos corporativos se disputan el control del espacio estatal para sus fines particulares – los llamados “choques inter-burgueses”. 

La ciudadanía atolondrada

El resultado de ese novedoso Neo-institucionalismo ha sido un gran desorden, un caos, una inestabilidad y una incertidumbre nunca antes vistos, acompañados de una corrupción planificada que no parecen tener fin; en medio de todo lo cual se debate una ciudadanía desconcertada, la que no termina de entender lo que ha pasado, anda muy desorientada y se halla cada vez más alejada de los centros de decisión que han pasado a manos empresariales o de tecnócratas neoliberales que viven y gobiernan para sus adentros. 

Y no es que se haya instaurado una dictadura al estilo de la de Pinochet en Chile a favor de voraces minorías empresariales, sino que en Costa Rica el ataque al estatus y supervivencia de los sectores populares ha sido impuesto manteniendo la fachada de una democracia formal y representativa. El expediente utilizado ha sido el de una “dicta-blanda” o “democra-dura”, o mejor dicho por los Arias, una “tiranía en democracia”.

No es pues de extrañar que esa ciudadanía esté sometida a una fuerte dosis de inseguridad y temor, falta de confianza y desespero; una forma de estrés cotidiano realzado por no saber cómo enfrentarlo ni quienes deben hacerlo y por no poder asumir en el plano individual lo que antes era gestionado como seguridad colectiva y pública en su beneficio, aceptada a modo de un “salario social” que ahora los neoliberales a diario buscan cómo reducir a cero junto a otros beneficios o “pluses laborales”, mientras prosiguen cultivando el lucrativo riesgo de la desprotección y la inseguridad, bajo el cual no hay bienestar personal ni social posible, pero sí fructíferos negocios privados. 

Hay un clima generalizado de angustia y temor 

Si vemos al panorama total de nuestra maltrecha sociedad tica, la gran mayoría de los entrevistados para una reciente encuesta de la firma Unimer (un 53,8 %) se hallan “preocupados” por caer bajo los trances del desempleo, los bajos ingresos, la pobreza, el alto costo de la vida, la inflación y, en general, los efectos del mal estado de la economía y la sociedad, antes de bien-estar, ahora del mal-estar. A ese gran grupo de ciudadanos confusos se suma un 18% que señaló la inseguridad personal o ciudadana como principal problema, pensando seguramente en el impacto del crimen y la delincuencia, que los puede golpear en cualquier momento y lugar. 

Como hemos dicho en un análisis anterior (ver en este diario la columna del 21 de marzo titulada “LA ENCUESTA DE UNIMER Y EL MIEDO DE LOS TICOS“) subyaciendo tales “preocupaciones” de los ciudadanos lo que realmente se mueve es una gran inseguridad acerca del presente y el futuro, derivada de factores que hacen peligrar su estatus social y económico, especialmente en cuanto a poder mantener sus empleos, sus ingresos y demás medios de vida indispensables para sobrevivir con seguridad y dignidad. Un clima típico de lo que hemos denominado una “Sociedad del Miedo”, una formación no anunciada ni prevista por los defensores e impulsores de la neoliberalización y globalización incontrolada del país en las últimas décadas.

Como vemos, todos esos ítems de la encuesta apuntan hacia aspectos o factores de un entorno inquietante, peligroso y poco confiable, una especie de “hueco negro” donde para nada es placentero entrar y no se puede salir. Un agujero de formidable poder de atracción socio-gravitacional del cual pocos (los más ricos y acomodados) pueden hoy día escapar. Es ciego y caprichoso, difuso y poco perceptible, insensible a lo humano e incorregible. 

El agujero puede tragar ciudadanos imprevistamente individualmente o en masa, lo que lo hace una enorme y monstruosa fuente subrepticia de amenazas externas que les generan (o les pueden llegar a generar en algún momento del futuro inmediato) un desgarrador malestar; y sobre todo un inconmensurable e incontrolado temor a caer en el vacío. Un temor que ni ellos ni sus familias están en condiciones de afrontar, sea para defenderse o para ponerse a salvo de sus asaltos reales o imaginarios, todos ellos derivados de riesgos y peligros generalizados que ponen o pueden llegar a poner en jaque el estilo y nivel de vida, y, por ende, la supervivencia de todos los que caen en su campo gravitacional.

Las mayores amenazas: precariedad laboral, desigualdad y exclusión social

Si todavía nos fijamos más debajo de la superficie denotada por las respuestas dadas por la mayor parte de los ciudadanos a la encuesta de Unimer, podríamos decir que lo más temido gira alrededor de la precariedad del mercado laboral, muy castigado por el desempleo (va llegando casi al 10% de la población económicamente activa), el subempleo (se aproxima al 13%), y la flexibilización laboral que no es otra cosa que la violación sistemática a los derechos consagrados por las Garantías Sociales y el Código de Trabajo.

Y muy en relación con lo anterior, existe el temor a verse lanzados en el “hueco negro social” tanto por debajo del “límite de la pobreza” (o mera subsistencia social) como hacia un extremo de la curva de distribución de los ingresos donde espera el ancho campo de la desigualdad social, a la par del cual se halla el de la exclusión social definido como lo hace la Unión Europea: “Exclusión social es un proceso que relega a algunas personas al margen de la sociedad y les impide participar plenamente debido a su pobreza, a la falta de competencias básicas y oportunidades de aprendizaje permanente, o por motivos de discriminación. Esto las aleja de las oportunidades de empleo, percepción de ingresos y educación, así como de las redes y actividades de las comunidades. Tienen poco acceso a los organismos de poder y decisión y, por ello, se sienten indefensos e incapaces de asumir el control de las decisiones que les afectan en su vida cotidiana.” 

La exclusión social es, así definido, un proceso regresivo profundo, para generar el cual se entrecruzan los problemas y efectos combinados de la precariedad laboral (empleo, subempleo, inestabilidad en el puesto) con los de la pobreza y la indigencia (medidas como una insuficiencia del ingreso personal o familiar para satisfacer necesidades básicas y alimentarias), y con los provenientes de la marginación y la discriminación (producidas cuando se elevan barreras legales y culturales contra la participación o integración en la sociedad que exacerban el aislamiento, la segregación espacial y, no menos importante, la alienación política (entendida como carencia de poder o influencia política).

He allí los caudales que alimentan y retroalimentan las vertientes más o menos encubiertas y silenciosas, pero fatales, del “hueco negro social” que no es otra cosa que el modelo de “la Sociedad del Miedo” para los perdedores en la furiosa competencia de los mercados y la lucha por la existe3ncia y sobrevivencia de los más aptos y astutos “à la Darwin”, un escenario tan alejado como pocos del de la “Sociedad de las Oportunidades”, el que precisamente nos ofrecieran el neoliberalismo y los pregoneros de la globalización para vendernos su proyecto de vida social y personal, o más bien, de muerte?

Artículo publicado en:

http://www.elpais.cr/frontend/noticia_detalle/3/79760

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