Ebrard: vivito y colea
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Está claro que AMLO, PT y Convergencia pelean no tanto por el poder,
sino por la supervivencia política. El caso de Iztapalapa es ejemplar.
¿Por qué disputan como perros y gatos esa demarcación?
Como todos saben, la elección delegacional de Iztapalapa es el botín
que disputan los dos grupos amarillos que pretenden el control
político y territorial del DF: chuchos y lopistas.
Frente a la elección del próximo domingo, la gran pregunta parece
apuntar a otra dirección. ¿Dónde está Marcelo Ebrard, si la disputa
por el control del DF se focaliza entre chuchistas y amloístas?
Ya es un clásico de los extremos a los que llegan los amarillos en sus
luchas de poder el cartón de Calderón en Reforma, en el que certero el
editorialista dibuja a AMLO y a Marcelo en la regadera colectiva,
donde el tabasqueño ordena al jefe de Gobierno levantar el jabón. El
mensaje es harto claro: Marcelo sometido, hasta la indignidad, por
AMLO.
En efecto, Marcelo ha tragado sapos y serpientes frente a reiteradas
ocurrencias de AMLO —como Iztapalapa, donde ordenó al jefe de Gobierno
prepararse para proponer a Clara Brugada como delegada—, lo que colocó
a Ebrard en la difícil situación de pelele. Pero no, contra lo que
muchos suponen, los estrategas de Marcelo Ebrard no sólo ven con
simpatía la imagen de un jefe de Gobierno dizque sometido por AMLO,
sino que se benefician de esa situación. ¿La razón? Elemental.
Está claro que AMLO, PT y Convergencia pelean no tanto por el poder,
sino por la supervivencia política. El caso de Iztapalapa es ejemplar.
¿Por qué disputan como perros y gatos esa demarcación? Porque
significa cinco o un poco más de diputados a la Asamblea —lo que
representa poder en su más pura expresión—, pero el tema de fondo es
otro. ¿Cuántas campañas presidenciales se pueden financiar con los 3
mil millones de pesos de presupuesto que tiene Iztapalapa? Todos,
AMLO, PT, Convergencia y Los Chuchos, van por esa fortuna. Es el
dinero, estúpidos.
En el otro extremo, Ebrard no pelea por el poder ni menos por los
miles de millones del presupuesto que ello supone. Tiene el GDF y
decenas de veces más presupuesto que el de Iztapalapa. No, el objetivo
de Marcelo es otro. ¿Cuál? Fácil: administrar el poder, el dinero y el
ejercicio del gobierno; todo a favor de su imagen y popularidad.
Marcelo romperá con AMLO —y lo hará sin piedad—, cuando tenga que
romper. Y si no tiene que hacerlo, sea porque no alcance los niveles
de competencia electoral frente a AMLO o a Enrique Peña Nieto, simple
y sencillamente no lo hará. Y punto. Marcelo, nos guste o no, es de
los presidenciables el más astuto. Su bandera es la astucia, no la
estridencia, el talento, no la ambición desmedida; el cálculo más que
la cuerda floja. Y si en sus cálculos está convertir en delegada a
Clarita, lo hará. Y si su aspiración le demanda aplastar a AMLO, lo
aplastará. Al tiempo.