Al despojarse el candidato de sus metales, separa su atención del
aspecto externo de las cosas y se esfuerza en olvidar las revelaciones
de los sentidos para concentrarse en sí mismo. Una venda se pone sobre
sus ojos y le envuelve la noche. Empieza a bajar rodeado de tinieblas
y por innumerables peldaños llega por fin al mismo corazón de la gran
Pirámide. Entonces cae la venda y el neófito se ve aprisionado en su
sepulcro. Comprende que ha llegado la hora de la muerte y se conforma;
pero antes de renunciar a la vida redacta el testamento que concreta
sus últimas voluntades.
No se trata de disponer de unos bienes que ya no posee, puesto que ha
sido preciso renunciar a todo cuanto tenía para poder sufrir las
pruebas. Despojado de todo lo que no constituye su verdadero ser,
puede disponer únicamente de lo que le queda, haciendo donación de su
energía radical. Concentrado en sí mismo y después de hacer
abstracción de todo lo ajeno a su naturaleza primordial, el individuo
se encuentra frente a frente con su propio espíritu, con el foco
inmaterial de sus pensamientos, de sus sentimientos y de su voluntad.
Tiene conciencia de ser, en último término, una fuerza, una energía
cuya libre disposición le pertenece.
¿Cómo entiende aplicar esta energía? He aquí el problema que debe
resolver al redactar su testamento. Si procura entonces indagar cuál
es el mejor camino, podrá ver claramente que la voluntad individual no
sabría aplicarse a más alto ideal que a la realización del supremo
bien. Esta constatación le incita a consagrarse a la Magna Obra y toma
la resolución de trabajar, de acuerdo con los principios de los
Iniciados, al mejoramiento de la suerte de la humanidad.
Puede ya morir a la existencia profana una vez tomada esta resolución.
En efecto, el hombre ordinario no se inspira más que en el egoísmo. Se
imagina ser él mismo su propia finalidad y con gusto se considera como
centro del mundo. En esto difiere el Iniciado: al volverse hacia sí
mismo ha reconocido su propia insignificancia. Su conciencia le dice
que no es nada por sí mismo, pero que forma parte de un inmenso todo.
Es tan sólo humilde átomo de este conjunto, pero esta célula
individual, fragmento de un organismo mucho mayor, tiene su razón de
ser en la misma función que le toca desempeñar. Así es como la ciencia
iniciática toda, tiene por base el reconocimiento de nuestra relación
ontológica con el Gran Adán de los Kabalistas, o sea, la Humanidad
considerada como el ser viviente en el seno del cual vivimos y del que
emana nuestra propia vida.
Siendo así, ¿qué va a significar para nosotros la palabra vivir?
Deberemos acaso apetecer las satisfacciones individuales? Sí, pero
dentro de ciertos límites. Todo germen en vía de desarrollo debe, al
principio, acaparar y atraer hacia él la sustancia circundante, dando
muestra de fiera avidez. El instinto vital procede de un egoísmo
inherente a la misma naturaleza de las cosas y que tiene un carácter
sagrado, mientras tiene por fin la construcción indispensable del
individuo.
La caridad bien ordenada empieza por nosotros mismos y es preciso
adquirir, antes que poder dar. Pero los dos hábitos de adquisición
tienden a perdurar más allá del término normal. Llegado a su pleno
desarrollo, el individuo queda expuesto a seguir ignorando su destino
superior, o no pensar más que en él mismo, dejando a sus solos
apetitos la dirección de su vida. Con tal que, obedeciendo a sus
naturales impulsos, el individuo sepa acordarse de sus semejantes,
portándose con ellos equitativamente, podrá conducirse en leal unidad
del humano rebaño.
Será acreedor a la estima de los Iniciados si ha sabido llevar a cabo
fielmente la tarea que le habrá correspondido; el inmenso organismo
humanitario requiere múltiples funciones de infinita variedad: Loor a
quien sabe responder lealmente a las lejanas llamadas de su vocación.
Todo lo dicho se refiere al mundo profano que los Iniciados tienen
buen cuidado de no menospreciar. La honradez consiste en no perjudicar
al prójimo ni hacer daño a nadie, conservando nuestra libertad para
buscar satisfacciones lícitas. Es poner en práctica el cada uno para
sí manteniendo en sus justos límites, para que sea posible la vida en
común entre individuos civilizados.
Desde luego el estado de civilización que resulta de la aplicación de
estos principios constituye un inmenso progreso sobre las costumbres
salvajes de las primeras edades, cuando no se reconocía otra ley que
la de los apetitos desencadenados. Pero la Humanidad tiene
aspiraciones mucho más elevadas. Cuando comprenda el hombre que no es
nada de por sí, buscará más estrecho contacto con la fuente de su vida
y de su existencia. Tendrá la convicción de que su vida verdadera no
es esta mísera vida de la personalidad, sino la gran Vida que anima a
todos los seres.
Entonces sabrá morir para las mezquindades de su esfera individual,
para nacer al instante, a una vida superior mucho más amplia, que es
la de la especie humana vista en su conjunto. En otras palabras, es
cuestión de dejar el personalismo para llegar a humanizarse en el más
amplio sentido de la palabra.
Lo que caracteriza al profano es precisamente este personalismo. Tiene
fe en sí mismo, en este yo que cree imperecedero y quiere asegurar su
salvación eterna. Un cándido egoísmo constituye el móvil de todas sus
acciones, incluso de las más generosas.
Al contrario, el Iniciado no conserva la menor ilusión tocante a su
personalidad. No ve en ella más que un efímero conglomerado, con
destino a disolverse más tarde y por cuyo medio se manifiestan,
transitoriamente, ciertas energías permanentes de orden general y
trascendente.
Al descender en sí mismo se halla en presencia, no de un pobre yo
raquítico, sino de un vacío sagrado en el cual ve reflejarse la
divinidad. Entonces es cuando llega a comprender que todos somos
dioses, como lo dice el Evangelio (Juan X, 34) y como lo expresa el
salmo LXXX, 6: “Dioses sois e hijos todos del Soberano”.
Pero si el animal, al tomar conciencia de su hominalidad contrata
deberes mucho más extensos, mucho más, con tal motivo, vamos a tener
que exigir del hombre que ha penetrado el secreto de su divina
naturaleza. Una formidable responsabilidad nos incumbe en virtud de
nuestra calidad de dioses, ya que el Universo pasa a ser nuestro
absolutamente, del mismo modo que la cosa pública (Res publica) pasa a
ser propiedad del ciudadano conciente de la ciudadanía nacional.
El hombre-dios no puede ya contentarse con vivir en el hombre-animal
honrado. Se siente responsable de los mundiales destinos y comprende
que debe completar la creación. Aquí le tenemos llamado a ordenar el
caos moral, en medio del cual se agita la humanidad. Su tarea es
coordinar y construir. ¿Cómo y de qué manera? No lo sabe todavía, pero
quiere ingresar en la escuela de los constructores y ser iniciado en
su arte. De aquí en adelante podrán ellos instruirlo, porque la chispa
del fuego sagrado ha brotado en su interior.
¿Habéis penetrado acaso hasta el foco central en donde, bajo la ceniza
de las impresiones externas, sigue ardiendo el fuego divino, vosotros
todos, que pretendéis haber alcanzado la categoría de iniciados? En
vuestro afán de subir rápidamente ¿no pudiera darse el caso de haberos
olvidado de bajar primero? Tanto peor para vosotros si os ha fallado
la primera operación de la Magna Obra, la que simboliza el color
negro, pues sin esta previa base toda va a ser inútil.
Saber morir: aquí está el gran secreto que no se puede enseñar. Debéis
dar con él, de lo contrario, vuestra iniciación no pasará de ficticia,
como desgraciadamente sucede la mayor parte de las veces. Sin haber
muerto realmente para las profanas atracciones, el falso iniciado no
puede renacer a la vida superior, privilegio reservado a los pocos que
han sabido regenerarse por la comprensión de la humana divinidad. Para
conseguir la iniciación es preciso sufrir la muerte iniciática,
operación ardua y eliminatoria; entre el gran número de candidatos
sólo un corto núcleo de elegidos logra el éxito.
Preparaos, pues, a esta muerte si queréis ser iniciados; de otro modo,
el sólo rito tradicional de por sí, nada puede dar puesto que no es
más que la forma hueca y engañosa de la superstición; sabed morir o,
de lo contrario, mejor será renunciar modestamente de antemano a la
Iniciación.