(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
EL IMPÍO NO APRENDE JUSTICIA:
Aunque se le tenga amor al irreligioso, no aprende justicia jamás; ni
aún así, en tierra de rectitud del Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos hace iniquidad vilmente y no considera la grandiosidad
del amor de nuestro Padre celestial que está en los cielos. Porque
sólo nuestro Padre celestial “es el juez supremo” del cielo y de toda
la tierra, para juzgar cada una de sus palabras y de sus acciones, hoy
en día y como siempre en la eternidad.
Y, además, se olvida el impío que sólo nuestro Padre celestial lo
puede redimir de sus palabras mentirosas y de sus obras malvadas, por
las cuales morirá, sin duda alguna, como mueren continuamente los más
terribles impíos de la antigüedad aún hoy mismo en el fuego del
castigo eterno del infierno. Porque el impío de la antigüedad y así
también la impía vive en el mundo bajo de los muertos, esperando por
su hora de juicio delante de nuestro Padre celestial y de su Cordero
Escogido, para que dé cuenta de cada una de sus malas palabras y
obras; porque el pecador será juzgado por sus propias palabras y por
sus propias obras.
En este día, la sangre del Señor Jesucristo ya no lo podrá salvar de
sus males eternos, sino que estará delante de nuestro Padre celestial
para recibir su justo juicio final, para volver a morir en el lago de
fuego; ésta muerte del lago de fuego si es la verdadera muerte, en la
eternidad. Por ello, los ojos de los impíos se han cerrado en sus
tinieblas, para no ver jamás en su corazón a nuestro Padre celestial
ni a su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Sólo el espíritu de error está en su corazón, para seguir haciendo
iniquidad y maldad sin fin cada día, según sean las tinieblas de su
corazón perdido, como el corazón perdido del impío y de la impía de la
antigüedad de la tierra, el cual no podrá jamás clamar el nombre
milagroso y glorioso de nuestro Señor Jesucristo para salvación. Ya
que, todo aquel que abandona la verdad y la justicia de nuestro Padre
celestial, al no creer en su corazón ni confesar con sus labios el
nombre santísimo de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, entonces
ya no podrá jamás tener la oportunidad de clamar a nuestro Señor
Jesucristo, para que lo salve de sus males eternos del infierno.
En vista de que, todo aquel que desee vivir en el Espíritu de la
verdad y de la justicia de nuestro Padre celestial, pues entonces
tiene que creer y vivir con el nombre del Señor Jesucristo en su
corazón, para estar en paz con Dios y con sus hijos e hijas en todos
los lugares de la tierra. Y el que no tiene al Señor Jesucristo en su
corazón viviendo ya, como con los ángeles, por ejemplo, no es sólo
rebelde al Creador de su vida, sino que no podrá jamás gozar de la paz
ni del amor eterno del cielo, por los cuales fue creado inicialmente
para vivirlo todo ya en su nueva vida original del más allá.
Por eso, no hay paz ni justicia jamás para el impío, por más que el
hombre de buena fe y de buena voluntad intente enseñarle verdad y amor
en todos los días de su vida y aún hasta en el mismo más allá también,
por ejemplo, como en el paraíso con Adán y Eva. En la medida en que,
es el Espíritu del nombre bendito de nuestro Señor Jesucristo, en si,
el cual nos enseña verdad y justicia cada día de nuestras vidas, para
alcanzar muchas si no todas las bendiciones de nuestro Padre celestial
a nuestras vidas, por medio de su Espíritu Santo, para que jamás nos
falte ningún bien celestial. Jesucristo les decía a los apóstoles, por
ejemplo cuando yo regrese al cielo, rogare al Padre para que les dé
“el confortador”, el Espíritu de justicia eterna, el cual los guiara a
toda verdad siempre.
Hoy en día, el impío vive ciego, como si viviera ya en las noches del
mismo bajo mundo de los muertos, porque jamás puede recibir la verdad
de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo, por consiguiente, la
justicia se aleja de él, aún en la tierra del derecho y de la santidad
al Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos. Y es precisamente éste mal
del impío y de la impía de toda la tierra, que la verdad y la justicia
de Dios y de su Jesucristo se alejan de ellos cada vez más, porque
viven aún en las tinieblas de Adán y Eva, desdichadamente, para mal
cruel de sus vidas y para la de los demás, también. Puesto que, una
vida sin el Espíritu de justicia de nuestro Padre celestial y de su
Jesucristo no es vida nunca, sino otra cosa, en el paraíso, en la
tierra y para siempre en la eternidad.
En verdad, el impío vive una vida sumamente cruel hacia él mismo y
hacia los demás, sean familiares, amistades o su prójimo común en
todos los lugares de la tierra, sin duda alguna; es por eso que la
tierra sufre constantemente dolores terribles del mismo mundo de los
muertos del más allá, ¡el infierno! Y, por tanto, la misma tierra
desearía ya ser libre de las tinieblas terribles de los impíos y de
las impías de todas las familias de las naciones y que, por ende,
reciban, cuanto antes mejor, al Señor Jesucristo en sus corazones y en
sus hogares para poder entonces ella misma tener un gran respiro
terrenal y celestial a la vez.
La tierra clama día y noche por el pronto retorno de nuestro Señor
Jesucristo, como predicando silenciosamente el espíritu del evangelio
eterno una y otra vez, para volver a ser feliz, y esto es de ser libre
por fin de las ataduras de las tinieblas de Satanás, en la vida
pecadora de cada impío y de cada impía. Y, hasta entonces, todo es
injusticia en la vida del hombre, de la mujer, del niño y de la niña
de las familias de las naciones, y sólo hasta que “el nombre del Señor
Jesucristo comienza a vivir en sus corazones”, como el Hijo de Dios,
como el sumo sacerdote, para que desde ya nuestro Dios sea feliz
grandemente con todos nosotros.
Además, nuestro Padre celestial será feliz con cada uno de nosotros,
sólo cuando vea la verdad y la justicia de su Hijo amado, como el
fruto del Árbol de la vida, viviendo ya su vida santa y sumamente
gloriosa en nuestros corazones y en nuestras almas infinitas; de otra
manera, nuestro Padre celestial no será feliz con nosotros jamás. Pues
esta fue la infelicidad del corazón de nuestro Padre celestial en el
paraíso, al ver que Adán y Eva no comían de su fruto de vida eterna,
su Hijo amado, ¡el Hijo de David! Y al impío aunque se le tenga
compasión y misericordia, aún así, no aprenderá justicia jamás en su
vida, porque la justicia de nuestro Padre celestial y así también de
cada ángel del cielo está en el corazón del hombre, de la mujer, del
niño y de la niña de todas las familias de la tierra, cuando
Jesucristo es invocado.
Entonces sin Jesucristo viviendo en su corazón, aunque el impío viva
en el paraíso, lo cual es sumamente imposible, o en cualquier nación
de derecho y de justicia de toda la tierra, no entenderá jamás de
justicia salvadora en su corazón, porque su alma está infinitamente
perdida ya en la eternidad vil del mundo de los muertos de las almas
perdidas. Y nuestro Padre celestial no crea al hombre y a la mujer
para que vivan la vida impía de Satanás en la tierra, sino que nuestro
Padre celestial bendice al hombre y así también a la mujer para que
vivan infinitamente la vida santísima de nuestro Salvador Jesucristo;
sí, ésta es tu verdadera vida, la que no conoces aún, la de
Jesucristo.
Por ello, nuestro Padre celestial desea cambiar éste mal terrible de
cada impío y de cada impía de todas las familias de las naciones de la
tierra, antes hoy que mañana, pero únicamente por medio del Espíritu
poderoso y sobrenatural de la invocación del nombre milagroso de su
Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque sólo en el Espíritu de
la invocación del nombre santísimo de nuestro Señor Jesucristo hay
verdad y justicia infinita, para no solamente los ángeles del cielo
sino también para cada uno de los hijos e hijas de Adán y Eva en el
mundo entero, comenzando con Israel, sin duda alguna, si tan sólo cree
en el Hijo de David, por ejemplo.
Porque sólo para los que creen en sus corazones y así confiesan con
sus labios el nombre ungido de nuestro Señor Jesucristo, entonces
nuestro Padre celestial les “otorga grandemente verdad y justicia” a
cada hora del día y así también en la eternidad venidera; pero el
impío es ciego, y no sabe nada de estas cosas buenas de Dios, y muere.
Ya que, ha sido únicamente el Hijo de David quien trajo del cielo, y
exclusivamente departe de nuestro Padre celestial, las bendiciones
infinitas del perdón, de salud y de vida eterna de la verdad y de la
justicia santísima de cada hombre, mujer, niño y niña de las familias
de Israel y de las naciones también para que entonces vivan felices
infinitamente.
Pues solamente a nuestro Padre celestial le damos gloria y honra desde
nuestros corazones y desde nuestras almas vivientes, por medio del
Espíritu de vida y de santidad infinita de su Hijo amado y de su
sangre santísima, «para que ya no vivamos la vida pecadora del impío o
de la impía, sino sólo vivir la vida real del Árbol de la vida». Pues
para esto nuestro Padre celestial nos crea en su mente, en su corazón
y con sus manos santísimas, para que vivamos su misma alma gloriosa,
llena de su Espíritu Santo y de la vida honrada de su Hijo amado, el
Árbol de la vida, nuestro Gran Rey Mesías de todos los tiempos, ¡el
Hijo de David!
Porque la verdad es que nuestro Padre celestial nos forma en sus manos
en la imagen y conforme a la semejanza gloriosa de su Árbol de la
vida, nuestro Salvador Jesucristo, para sólo conocer la verdad y la
justicia eterna de las cosas del cielo y de la tierra y así también de
La Nueva Jerusalén Santa y Celestial, por ejemplo. Dado que, sin la
verdad y la justicia del Espíritu Santo de su Ley y de su Hijo,
nuestro Señor Jesucristo, entonces el hombre, la mujer, el niño y la
niña de todas las familias de la tierra jamás conocerán la paz, el
amor y la vida justa de las cosas; por ello, Jesucristo es
constantemente importante para nosotros desde el paraíso.
Con Jesucristo somos muy felices cada día y cada noche de nuestras
vidas por la tierra y así también en el paraíso, para siempre; con
Satanás somos infelices en la tierra y en la eternidad del mundo de
los muertos, para sólo conocer de mentiras y de maldades crueles hacia
Dios y su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Entonces con el
impío por más amor y verdad le manifiestes a su vida, como salvando su
vida y la de sus iguales del mal eterno, pues, él jamás alcanzara la
justicia ni menos la entenderá en su corazón, si no clama al verdadero
y único salvador de su vida primeramente, en un momento de oración y
de fe, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Es decir, que hablarle de amor, justicia y verdad al impío es como
hablarle a los ya muertos en sus tumbas; pero hablarle así a los que
aman a nuestro Padre celestial por medio de su Hijo Jesucristo,
entonces lo entienden todo, y jamás la bendición del Espíritu Santo
les falta en sus vidas ni en la vida de los demás tampoco. Porque sólo
en el Señor Jesucristo está la vida, la cual nuestro Padre celestial
glorifica personalmente desde el cielo y delante de sus ángeles,
cuando Moisés y Elías, por ejemplo, acompañaban al Señor Jesucristo
junto con Juan y Pedro sobre el monte santo de Jerusalén, para que
únicamente ésta vida mesiánica florezca grandemente en cada vida
humana y para siempre.
Por tanto, es ésta vida santa y sumamente obediente a nuestro Padre
celestial y a su Espíritu Santo, la cual Moisés y así también Elías,
por ejemplo, disfrutaban sobre el monte santo de Jerusalén juntos con
nuestro Señor Jesucristo y sus apóstoles, Pedro y Juan, para que
nosotros creamos a ésta vida única y sumamente victoriosa sobre toda
mentira de Satanás. Aquí fue cuando nuestro Padre celestial manifestó
claramente desde el cielo su amor personal por la vida de su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, y dijo abiertamente para el mundo
entero: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia eternal.
Hagan todo lo que él les diga, para que se cumpla toda verdad y toda
justicia en el cielo y en la tierra para bien de cada hombre, mujer,
niño y niña de las familias de las naciones del mundo entero,
comenzando con Israel.
Y, hoy en día, si el Señor Jesucristo no está en tu corazón, como el
Hijo de Dios, como el Cordero de la sangre del perdón eterno, como el
sumo sacerdote que siempre intercede a favor tuyo delante de Dios y de
su Espíritu Santo, para que no te falte ningún bien jamás, entonces
eres tristemente un impío para Dios. Por cuanto, todo aquel que no
recibe en su corazón al Señor Jesucristo como su único salvador de su
vida, entonces es un impío o una impía para nuestro Padre celestial,
por ende no podrá jamás entrar a la vida milagrosa del paraíso, para
seguir viviendo su vida normal, por la cual fue creado en el principio
por Dios mismo.
Sino que su lugar eterno es otro, un lugar sumamente terrible e
infinitamente tormentoso, pues en él no solamente viven los impíos y
las impías de la humanidad entera, de los que han muerto desde Adán y
Eva y hasta nuestros días, sino que también ya no existe la esperanza
de perdón ni de vida para nadie, por medio de Jesucristo. En realidad,
éste es un lugar sumamente tormentoso y peligroso del más allá para
todos los hombres, mujeres, niños y niñas de todas las familias de las
naciones de la tierra, como de los que no han recibido aún al Señor
Jesucristo en sus corazones, como su único y suficiente salvador de
sus vidas, tristemente decirlo así.
Aquí tienes ésta gran oportunidad de recibir en tu vida el Espíritu
completamente santo, lleno de verdad, justicia, amor, paz, gloria,
salud, milagros, maravillas, prodigios celestiales y terrenales y
muchas más bendiciones de tu vida eterna del paraíso, de nuestro Señor
Jesucristo, si tan sólo invocas su nombre obediente a la Ley, para que
seas “escrito en el libro de la vida”. Porque sólo el Espíritu de
nuestro Señor Jesucristo, el cual está lleno de las bendiciones de tu
vida celestial, entrara en tu corazón y libertara a tu alma viviente
de cada poder terrible de las profundas tinieblas de las mentiras de
Satanás, para que en cada día de tu vida, de ahora en adelante, sólo
veas luz y bendiciones sin fin.
Es decir, que la solución para cada uno de tus problemas es el
Espíritu de nuestro Señor Jesucristo viviendo ya en tu corazón, con
tan sólo creer en él e invocar su nombre obediente a la Ley con tus
labios, en un momento de fe y de oración delante de nuestro Padre
celestial que está en los cielos esperando por ti. Porque la verdad es
que cada hora del día que pasa por tu vida, es, en si, una hora, un
día, en el cual nuestro Padre celestial espera por ti, para que lo
recibas a él, sólo por medio de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo; es decir, que cuando recibes a Jesucristo, correctamente
estás recibiendo al Padre celestial, ¡el Creador! O también podemos
decir que todo aquel que tiene al Señor Jesucristo viviendo en su
corazón, entonces verdaderamente tiene al Padre celestial para que
viva con él o con ella desde ya y para siempre en la eternidad.
Ahora todo aquel que desee recibir al Padre celestial en su vida, pues
entonces tiene que primeramente recibir a su Hijo amado, a nuestro
Señor Jesucristo, en su corazón; de otra manera, nadie podrá jamás
recibir correctamente, legalmente o espiritualmente al Padre celestial
creador del cielo y de la tierra. Y es precisamente ésta misma vida
santa, la cual nuestro Señor Jesucristo te ofrece cada día y para
siempre en la eternidad, además de la del mismo, la de su Espíritu
Santo y la de su Padre celestial, nuestro Dios y Creador de nuestras
almas infinitas, ¡el Todopoderoso!
Porque nuestro Señor Jesucristo descendió del cielo con el nombre
santísimo de nuestro Padre celestial con el fin de que lo recibas a
él, al Dios y Fundador de tu nueva vida eterna, como tu único y
suficiente Dios de tu corazón y de tu alma viviente, para que, jamás
te falte ninguna de sus muy ricas bendiciones eternales del cielo. Si,
así es infinitamente. El Espíritu de la vida santísima de nuestro
Señor Jesucristo, el Árbol de la vida eterna del paraíso, “está lleno
de tu misma vida celestial”, la cual Adán y Eva abandonaron
inicialmente en el cielo por culpa de las mentiras crueles de Satanás;
por tanto, Adán descendió sin tu vida al mundo, pero nuestro Señor
Jesucristo sí, lleno de tu vida original.
Es decir, que cuando el Señor Jesucristo descendió del paraíso a la
tierra de Israel, fue realmente para nacer en tu vida única del más
allá, para que la recobres y la vuelvas a vivir y así ya no tendrás
que seguir viviendo la vida de Satanás, la vida de las mentiras y de
las maldades crueles del mundo de los muertos. Es decir, también que
el Señor Jesucristo es tu vida antigua, la cual tu corazón y tu alma
infinita desean siempre vivir cada día de tu vida por la tierra, pues
por ella fuiste creado inicialmente en las manos de nuestro Padre
celestial y de su Espíritu Santo en las tierras y bajo los cielos
santos del reino de los ángeles.
En la medida en que, desde el día en que naciste en el mundo, en
verdad naciste en la vida pecadora del espíritu de error de Satanás,
en la cual Adán y Eva nacieron inicialmente en el paraíso también,
para vivir rebeldes e impíos hacia nuestro Padre celestial y hacia su
Árbol de la vida eterna, ¡nuestro Señor Jesucristo! Es por eso que si
crees en tu corazón y así confiesas con tus labios el nombre santísimo
de nuestro Señor Jesucristo, entonces volverás a nacer en la luz de
Dios y de su Jesucristo y más no como en las tinieblas de Satanás;
pues al nacer en la luz ves todo; al nacer en las tinieblas no ves
nada nunca.
Volverás a nacer no del espíritu de error y de mentiras de Satanás y
de la serpiente antigua del paraíso, sino que renacerás del mismo
Espíritu Santo de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Creador de
su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para volver a retomar tu vida
celestial una vez más y así vivirla felizmente, y esta vez para
siempre. Es decir, también que tu vida no está en la vida de tu padre
biológico ni en la vida de tu madre biológica, por ejemplo, sino que
tu vida celestial y eternal está, como es normal, en la sangre del
Árbol de la vida, en creer con el corazón y confesar con los labios el
nombre ungido de nuestro Señor Jesucristo.
Hoy en día, estás viviendo la vida de error y de pecado, aunque no lo
entiendas así, la cual heredaste de Adán y Eva, como todo hombre y
mujer, por ejemplo, para que algún día, como hoy mismo, recibir al
dador de la vida, nuestro Señor Jesucristo, y así entonces regresar al
Padre que espera pacientemente por ti en el cielo. Y así ya no serás
más como el impío, el cual tiene el espíritu de error de Satanás, que
por más que se le enseñé amor no entenderá justicia jamás; pero, sin
embargo, como has recibido a Jesucristo en tu corazón, como tu fruto
de vida, como tu Salvador celestial, entonces tu corazón será luz para
entender amor y justicia siempre.
(Felicitamos a los demócratas y así también a los republicanos,
quienes juntos votaron por Barac Obama, para ser el próximo Presidente
de Los Estados Unidos de América. Que nuestro Padre celestial los
bendiga a cada uno de todos ustedes, como de los que votaron y de los
que no. En todo esto se ve la mano de Dios moviéndose grandemente,
buscando justicia para que se haga su voluntad, así como es hecha en
el cielo, pues entonces se haga por fin en la tierra para bien eterno
de muchos.
También deseamos orar por Méjico, ya que ha perdido algunos de sus
servidores gubernamentales en un accidente aéreo días atrás sobre la
ciudad de Méjico, por ejemplo. Nuestras oraciones son elevadas hacia
nuestro Padre celestial que está en los cielos, para que reciba las
oraciones de los familiares de las víctimas mortales como Juan Camilo
Muriño, y los bendiga grandemente, dejándolos saber que sus hijos
están con Él en el paraíso, comiendo y bebiendo de su fruto de vida
eterna para la eternidad, ¡nuestro Señor Jesucristo! ¡Amén!)
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):
“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.
SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.
CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.
QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.
SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.
SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.
OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.
NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.
DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.
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