(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
EL HOMBRE SIN JESUCRISTO ES UN IMPÍO:
Los impíos delante de nuestro Padre celestial son peores que Satanás,
por inicio espiritual: puesto que, «no conocen el camino de la paz, ni
hay justicia en sus palabras ni menos en sus senderos» por toda la
tierra; pues ven tinieblas en vez de luz cada día. Sus senderos son
torcidos como sus pensamientos negativos, como de los malos del mismo
infierno del más allá; cualquiera que vaya por ellos no conocerá la
paz jamás sino sólo maldad tras maldad hasta no poder más, pues es el
camino del espíritu del error de Satanás y de sus ángeles caídos, sin
duda, para maldición y muerte eterna.
Por esta razón, el derecho se ha alejado de todos ellos sin que se den
cuenta de nada, y no han alcanzado la justicia tampoco para mal de sus
vidas y la de los suyos, también; pues la justicia para ellos es como
algo tan extraño como la estrella más distante de la inmensidad. Pues
esperan por la luz, y la luz se aleja de ellos para seguir viendo como
siempre sólo tinieblas en cada paso que dan hacia delante en sus vidas
de cada día, en todos los lugares de la tierra.
Esperan resplandor como si amaran la verdad y la justicia de Dios y de
su Jesucristo, engañándose a sí mismos neciamente y, a la vez, andan
cada vez más hundidos en oscuridades más profundas que las de antes,
como las de sus antepasados, por ejemplo, y le echan la culpa por ello
a los que se les acercan ingenuamente. El error está con ellos como a
su diestra, como a la vista, y no se dan cuenta de nada, pues, los
ciegan sus propias maldades, como en las que confían para salirse con
las suyas siempre, como si no hubiera un juez en el cielo; pecan
cínicamente e impunes son delante de la Ley; son impíos crueles.
Los corazones humanos sin Jesucristo son impíos invisibles debajo del
sol cada día, para desdicha de muchos. Es más, Satanás es quien los
aconseja cada día con sus mentiras de siempre, y los guía camino hacia
la maldad, por lo tanto, reciben a la mentira antes que a la verdad,
como si fuera pan caliente en sus bocas para devorarlas con gusto en
sus paladares, engordando así sus corazones ya hundidos cada vez más
en tinieblas mortales. Y nuestro Padre celestial que está en los
cielos se dice a sí mismo delante de sus ángeles santos, quien diera
que todos ellos conociesen a mi Hijo amado, el Santo de Israel, para
que sólo caminen en su verdad y en su justicia infinita diariamente,
para que la tierra sea luz en vez de tinieblas en todas partes.
Es por eso que todo les sale siempre mal a los impíos, aunque se digan
a sí mismos que todo va bien, como a correr de maquina, no importando
jamás que sea lo que estén haciendo en sus vidas, para mal de los
demás desafortunadamente. Y nuestro Padre celestial que está en los
cielos que es juez justo y así también en la tierra, pues envía sus
lluvias y demás bendiciones sobre los justos, para que el impío vea
que hay un Dios Todopoderoso para bendecir a los buenos y a los malos,
por amor a la vida santa de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Nuestro Padre celestial es fiel al justo, a pesar de la presencia
terrible de cada día del impío.
El honrar el Espíritu de Los Diez Mandamientos está muy lejos de los
impíos, tan lejos como el mismo más allá, e inalcanzable para sus
corazones perdidos en sus propias tinieblas, las cuales se las han
inventado para ellos mismos para mal eterno; no saben que con decir la
verdad cada vez, cumplen con el Espíritu de la Ley angelical. Cada
pensamiento de su corazón es para mal de algún desdichado, rompiendo y
humillando así los mandatos y decretos de nuestro Padre celestial,
para robar, matar y destruir su vida y la de los suyos también; aún en
nuestros días, el Espíritu de Los Diez Mandamientos abandona al impío
en sus tinieblas, por falta del Rey Mesías en su corazón.
Visto que, nuestro Padre celestial es amor, como el mismo Espíritu
Santísimo de Los Diez Mandamientos, por ejemplo; por ello, nuestro
Dios no contenderá con el impío siempre, puesto que él es un malvado,
un pecador empedernido, y nuestro Dios es un Dios Santo y sumamente
justo para con todos, sean quienes sean todos ellos, en toda la
tierra. En realidad, nuestro Padre celestial está airado todos los
días en contra del impío y de sus pensamientos torcidos, pues sólo
piensa en su mal y en el mal de los demás también, como Satanás, por
ejemplo, el cual no ama el Espíritu de Los Diez Mandamientos por
ninguna razón, porque su corazón está empapado de nuevas tinieblas
terribles e infernales.
Pues nuestro Padre celestial se enoja aún mucho más en contra del
impío para destruirlo por completo, por ejemplo, especialmente cuando
piensa que nadie juzgara sus malos pensamientos y sus palabras juntos
con sus malas obras; pues se dice a sí mismo jamás seré juzgado, por
mis malos actos, burlándose así neciamente del Espíritu de su palabra
santísima. El impío va por la tierra paso a paso a su perdición total
en el fuego eterno del infierno, como si nuestro Dios mismo hubiese
trazado sus pasos errados, sin ser así jamás para con nadie ni aún
para con los ángeles caídos, por ejemplo, por culpa de sus malos
pensamientos y por sus palabras torcidas en contra de su prójimo. El
impío se destruye a sí mismo, se hunde en su propia maldad siempre.
En verdad, nuestro Padre celestial no es quien envía al impío ni a
nadie al infierno, como Satanás o como sus ángeles caídos, por
ejemplo, el pecador así como el falso cae en su desgracia eterna
porque no cree en su Jesucristo, como Adán y Eva debieron haber creído
y comido de su fruto de vida en el paraíso primitivamente. El que no
coma del fruto de vida eterna de su Jesucristo, el Árbol de la vida
del cielo, nuestro Padre celestial no lo perdona, sea quien sea, sea
ángel del cielo u hombre santo como Adán o mujer santa como Eva del
paraíso. Sin Jesucristo en sus corazones, todos son pecadores, viles
impíos, culpables de sus pecados, como ya en el infierno, aunque vivan
aún sus vidas normales en la tierra o en el mismo paraíso, por
ejemplo, como Adán y Eva.
Pues como dice la Escritura abiertamente, desde la antigüedad y hasta
nuestros días, por ejemplo, el que traiciona a su prójimo, en
realidad, está traicionando al SEÑOR del cielo y de la tierra, a su
Hacedor, para mal de su vida en la tierra y para muerte eterna en el
infierno y en el lago de fuego. Así pues, el que no come de la carne
del Árbol de la vida, ni bebe de su fuente de agua para vida y salud
eterna, para nuestro Padre celestial y así también para su Espíritu
Santo y sus ángeles del cielo, muere; muere como Adán y Eva o como
cualquier otro impío o impía en todos los lugares de la tierra.
En cuanto, el que no sacia su hambre de la carne del Árbol de la vida,
ni bebe de su agua de salud eterna, en si, no sólo traiciona a su Dios
y Fundador de su vida, sino también se traiciona a si mismo y a los
suyos también, no importando lo numeroso o todo lo grande que sean
todos ellos. Es decir, que si no has comido aún de las manos de
nuestro Señor Jesucristo, como los apóstoles comieron de Él en la
cena / comida del SEÑOR, entonces eres un traicionero como Judas en
contra de Él y de su verdad y de su justicia, para salud y vida eterna
de tu alma viviente, de ahora en adelante y hasta siempre.
Por lo tanto, el que no ama el camino de la verdad y de la justicia
infinita de la nueva vida eterna de nuestro Padre celestial y de su
Espíritu Santo, en realidad traiciona a su Hijo amado, al Santo de
Israel y de las naciones del mundo entero (del pasado y de siempre),
¡a nuestro Salvador Jesucristo! Y para nuestro Padre celestial no hay
mayor traición hacia él y su verdad santísima y salvadora para
perdonar y redimir el alma viviente de cada hombre, mujer, niño y niña
de la humanidad entera, que no sea el rechazar el Espíritu de la vida
y de la sangre resucitada en el tercer día de su Hijo amado, ¡nuestro
Señor Jesucristo!
Pues esto si es traición terrible para maldición en la tierra y para
muerte eterna de su alma viviente en el fuego eterno del infierno para
todo ofensor, sea quien sea la persona en la tierra y hasta en el
mismo paraíso de hoy en día, por ejemplo. Puesto que, para nuestro
Padre celestial, el que abandona su Espíritu de amor entre él y su
Hijo amado, en verdad, abandona toda verdad y justicia celestial para
perdón y para salud eterna de su corazón y de su alma viviente, en
esta vida y en la venidera también, eternamente y para siempre.
Es por eso que nuestro Padre celestial llama día y noche a todo
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra, para que se acerquen a él,
cuanto antes mejor, para que reciban de su verdad y de su justicia
infinita, y vivan felices y sin miedo alguno al mal. Nuestro Padre
celestial es bueno, mucho mejor que la leche y la miel en nuestro
paladar; él nos ama grandemente a cada uno de nosotros, así como
siempre amo a través de los tiempos a su árbol de la vida, a su Hijo
amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Además, esto ha de ser así en cada uno de ellos, hoy en día, así como
lo fue en la antigüedad con sus siervos fieles a él y a su nombre
santísimo, por ejemplo, con tan sólo invocarle a Él, como el Dios
soberano de sus almas vivientes, en el nombre sagrado de su Hijo
unigénito, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque nuestro Señor Jesucristo
les decía a los antiguos hebreos, por ejemplo, con gran urgencia en su
corazón, yo vengo en el nombre de mi Padre celestial y no me honran,
como deberían hacerlo con mucho amor en sus corazones; pero si alguien
viniere en su nombre o en el nombre de otra persona, a ese si lo
aceptan.
Como es normal, nuestro Padre celestial deseaba bendecirlos
grandemente y como nunca antes también, como cuando en Egipto o en su
desierto camino a la nueva vida eterna, por ejemplo, y no se dejaron
de él, porque no aceptaban al Señor Jesucristo en sus corazones, como
a Moisés o como el Salvador de Israel y de la humanidad entera. E
invenciblemente, esto fue la puerta abierta, la cual por error humano
y más no por decisión divina, la que se abrió para que Satanás y los
suyos entraran en sus vidas e hicieran todo lo que quisieran,
destruyendo así con mentiras vidas preciosas para nuestro Padre
celestial y para su Hijo amado, ¡el Árbol de la vida de Israel!
Y, por tanto, otra salvación tan grande como ésta, Israel no la vera
jamás, por más que la busque en otros lugares entre ellos mismo o
fuera, por ejemplo. Dado que, con arreglo a la Escritura, es sumamente
imposible que otro descienda del cielo, como Jesucristo lo hizo, por
ejemplo, como el Hijo de Dios, como el Árbol de la vida, como el
Cordero inmolado, como el sumo sacerdote, para limpiar a Israel y a
las naciones de todos sus pecados, satisfaciendo así infinitamente
toda verdad y justicia celestial. Hoy en día, nuestro Padre celestial
espera que lo invoquemos a Él, sólo en el nombre milagroso de su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, porque sólo en él hay verdad,
justicia para sanidad, salud y vida eterna, llena de paz, riqueza,
alegría y gozo para cualquier corazón humano de seguir gozando
infinitamente de todas sus bendiciones infinitas, sin duda alguna.
Ya que, nuestro Padre celestial no sólo ordena perdón para nuestras
almas infinitas desde mucho antes de la fundación del mundo, sino
también sanidad, salud y bendiciones sin fin para nuestros corazones y
para cada día de nuestras vidas en toda la tierra y así también en el
paraíso y en La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo. Por lo
tanto, el hombre y la mujer sin el Espíritu de amor de nuestro Señor
Jesucristo hacia su Padre celestial, entonces jamás podrán ser llenos
del Espíritu Santo de Dios, sino que han de seguir viviendo en sus
espíritus humanos, para ser por siempre endebles y vulnerable ante las
mentiras y los ataques crueles de Satanás en sus vidas.
Después de haber rechazado al Señor Jesucristo, como su fruto de vida
y de salud eterna, entonces Adán y Eva empezaron a sentir y a vivir, a
la vez, lo que es realmente vivir sin Dios a sus lados, como antes,
como cuando fueron creados en sus manos santas, por ejemplo, en su
imagen y conforme a su semejanza celestial. Y esto resulto ser la
ausencia de Dios y de su Jesucristo en sus vidas, la falta del
espíritu de paz; ambos, sólo habían conocido paz y la alegría de las
cosas en el paraíso hasta que, por engaño de Satanás, rechazaron en
sus vidas al dador de la vida, el Árbol de la vida eterna, ¡nuestro
Salvador Jesucristo! En éste día fatídico para Adán y Eva, pues, se
quedaron sin verdad y sin justicia en sus corazones, para vivir por
siempre sus vidas santificadas y justificadas delante de nuestro Padre
celestial y de su Espíritu Santo en el cielo; es más, se volvieron
impíos, desdichadamente para nosotros, sus retoños, de hoy y siempre.
Esto fue el principio de la maldición y la muerte humana en los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, pero sólo de
los que no le creen a nuestro Padre celestial por medio del Espíritu
de la vida y de la sangre resucitada en el tercer día de su Hijo, el
Hijo de David, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Aquí fue cuando Adán y
Eva también empezaron a morir, en cada momento que vivan en el paraíso
sin Jesucristo en sus corazones, algo muy extraño para ellos; puesto
que nuestro Padre celestial no los crea en sus manos santas para que
mueran, sino para que vivan como su Hijo, como su árbol de la vida,
¡nuestro Salvador Jesucristo!
Aquí también Adán y Eva empezaron a entender lo que es vivir con Dios
y, a la vez, lo que es vivir lejos de él, porque el Espíritu de la
sangre santísima, la cual fue inmolada para la eternidad, no estaba en
su lugar idóneo en ellos, como en sus corazones, para mal de sus vidas
y de sus ascendientes. En este día fatídico para Adán y para su linaje
humano entero, sin duda alguna, perdió la gran oportunidad de caminar,
por vez primera, por el sendero celestial del amor, la paz, la verdad,
la justicia, el perdón y la felicidad infinita, de conocer al dador de
sus vidas eternas, su insuperable Dios y Creador de sus vidas,
¡nuestro Padre celestial!
Y lo único que Adán y Eva tenían que hacer en sus corazones y con sus
labios, pues, era simplemente, como hoy en día en todos los lugares de
la tierra, comer del fruto del árbol de la vida eterna, el cual estaba
esperando por ellos desde la eternidad, por mandato de Dios, en el
epicentro del paraíso. Porque el Árbol de la vida, el Hijo de David,
es el corazón del corazón de nuestro Padre celestial y de su Espíritu
Santo y así también de cada uno de sus ángeles, pues, así también debe
de ser con Adán y cada uno de sus retoños, comenzando con Eva, por
ejemplo; Jesucristo, el corazón vivo dentro de tu corazón eterno.
Para que, de esta manera, ambos y así también sus hijos e hijas, en
sus millares incontables, pues, empezasen a ser llenos de su Espíritu
Santo con el fin de vivir una vida santa y sumamente gloriosa, llena
del Espíritu de amor, la paz, la verdad, la justicia celestial de Dios
y de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! En este día terrible
para nuestro Padre celestial y así también para la humanidad entera,
Adán no sólo le falla a la verdad, a la justicia, a la santidad de
nuestro Dios y de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, sino también a
cada uno de sus hijos e hijas de todas las familias, razas, pueblos y
reinos de la tierra.
Es decir, que en este día, cuando Adán y Eva dejaron de comer del
fruto del Árbol de la vida y de beber de sus fuentes de agua
saludables, entonces rechazaron la gran bendición de caminar con Él
cada día de sus vidas en el paraíso y en la tierra también, para mal
de sus hijos e hijas en la eternidad. Aquí, una vez más, como en el
día de la rebelión angelical, el paraíso y así también el reino de los
cielos cambiaron drásticamente, no porque nuestro Padre celestial lo
quiso así, sino porque Satanás nuevamente ambicionó adueñarse para
siempre de los que nunca pudo ser de él legítimamente.
En este día, en vez de Adán y Eva renacer en el Espíritu Santo de amor
y paz de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, entonces
volvieron a nacer en el espíritu de error de Satanás y de la serpiente
antigua, por ejemplo, para maldición y muerte eterna de ellos y de sus
hijos e hijas, para siempre. Es por esta razón que el mal nos toca a
nosotros en todos los lugares de la tierra, de una manera u otra, por
falta de la bendición de Jesucristo en nuestros corazones y en cada
día de nuestras vidas, desdichadamente. Y, desde entonces acá, cada
hombre como Adán y así también cada mujer como Eva, caminan juntos
perdidos entre las penumbras mortales de Satanás y de la serpiente
antigua en la tierra y en el más allá también, sino aceptan al Señor
Jesucristo en sus vidas como su único y suficiente salvador, en un
instante de fe y oración.
A causa de que, es la oración hecha a nuestro Padre celestial, en el
nombre sagrado de su Hijo amado, como el fruto del Árbol de la vida en
nuestros corazones, lo que realmente nos limpia de todo pecado y nos
hace volver a nacer de nuestro primer Espíritu de vida y de salud
celestial, ¡el Espíritu Santo de Dios! Y sin el Espíritu Inviolable de
nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo,
entonces estamos impuros, como manchados por el pecado de las mentiras
y maldades crueles de Satanás y de la serpiente antigua, para vivir
cada día en maldición y hasta que la muerte nos trague en sus fauces
del polvo de la muerte, por ejemplo.
Es por eso que el hombre es un impío delante de nuestro Padre
celestial y de sus huestes angelicales por inicio, porque su Espíritu
Santo no está en él, sino el espíritu de error y de las mentiras de
Satanás, para vivir cada día de su vida humana siempre tropezando con
los errores y mentiras del mal del bajo mundo. El impío busca la paz,
como si la mereciera, y no la encuentra, ni la encontrara jamás en sus
errores ni en sus mentiras de siempre, porque la verdad y la justicia
celestial de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, el Hijo de
David, están muy lejos de él y de su corazón perdido y sumamente
engañoso.
No hay paz para el impío, dice la Escritura explícitamente, en la
tierra ni menos en el más allá, como en el mundo de las almas perdidas
en sus tinieblas de no haber honrado en sus corazones jamás el nombre
santísimo del Hijo de Dios, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Sus senderos
son tinieblas tras tinieblas camino hacia la eternidad de las
penumbras mortales, donde el gusano no sacia nunca de morder y de
comer su carne pecadora y su alma perdida sin el Espíritu de paz,
amor, verdad y justicia infinita de nuestro Padre celestial y de su
Hijo Jesucristo.
Cualquiera que camina con el impío se pierde también entre sus
profundas tinieblas de maldición y de muerte eterna, para
posteriormente ser lanzado por los ángeles santos del cielo al lago de
fuego eterno del más allá, en donde su alma perdida volverá a morir
pero esta vez para siempre, es su segunda muerte infinita. Puesto que,
el que oye al impío morirá también, su misma muerte cruel del más
allá. Y para esta muerte del lago de fuego ya no hay resurrección
alguna, sino sólo destrucción eterna, para jamás volver a ver ni menos
gozar la vida santa y gloriosa de nuestro Padre celestial y de su
Árbol de la vida, su Gran Rey Mesías de todos los tiempos, ¡el Hijo de
David!
Visto que, sólo el Hijo de David nació santo y libre de pecado del
vientre virgen de la hija de David, de la tribu de Judá, en Israel,
para cumplimiento santo y glorioso del Espíritu de Los Diez
Mandamientos y así ponerle fin al pecado y al ángel de la muerte
también, en la tierra y en la eternidad. Es decir, que el Hijo de
David es todo lo contrario del impío, de hoy en día y de siempre de
toda la tierra, para hacer todo lo que le agrada a nuestro Padre
celestial y a su Espíritu Santo día a día como los ángeles del cielo,
por ejemplo, cumpliendo cabalmente así toda verdad y justicia divina.
Y, de hecho, esto es de cumplir puntualmente con el Espíritu Santo de
Los Diez Mandamientos, algo que el hombre y la mujer de toda la
tierra, comenzando con Moisés quien la recibió inicialmente, jamás la
cumplieron, y así a la postré, derramar su sangre santa sobre el monte
santo de Jerusalén, en Israel, para fin de la vida incrédula/impía.
Para que, de esta manera, sólo la vida santa y gloriosa, vivida ya por
el Señor Jesucristo, como el Santo de Dios, como el Cordero de Dios,
como el Hijo de David, brille sublime en el corazón eterno del hombre,
la mujer, el niño y la niña de la humanidad entera, empezando con Adán
y Eva, por ejemplo, desde el paraíso.
Puesto que, cada alma del hombre y de la mujer debe de brillar
totalmente santa y libre de todo mal de la mentira y de las calumnias
de Satanás, delante de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo,
hoy y siempre en la eternidad venidera, ¡gracias a la sangre santísima
del pacto eterno para con nosotros, de nuestro Señor Jesucristo! Pero
el impío no ve nada de esto con sus ojos, ni lo entiende en su
corazón, porque está terminantemente perdido en sus tinieblas de
siempre, la paz de Dios y de su Jesucristo, la cual viene a nosotros
cada día por los poderes sublime de su Espíritu Santo, para
bendecirnos cada vez más que antes, pues está lejos de él.
El impío es ciego, y va camino a la muerte eterna; el ángel de la
muerte conoce su nombre y espera por él con gran paciencia, porque
tarde o temprano, sino se arrepiente de su maldad de no recibir a
Jesucristo en su corazón, como su salvador personal o como su sumo
sacerdote, entonces caerá en sus garras mortales del infierno. Y el
que cae en el mundo del ángel de la muerte, entonces viene a ser parte
de él y de su vida perdida, la cual está llena de mentiras, calumnias,
maldades, blasfemias increíbles, dichas en contra de Dios y de su
Hijo, y así también la culpa de la muerte de muchos inocentes de toda
la vida está en él.
Ciertamente, el que muere y cae en las manos del ángel de la muerte,
en si, viene a ser muerte eterna como él mismo o como Satanás de todos
los tiempos del más allá, por ejemplo, para jamás volver a ver la luz
de la vida, llena de justicia y de verdad infinita, sino la perdición
eterna del lago de fuego. Y nuestro Padre celestial no crea al hombre
y a la mujer para que lleguen a ser parte del ángel de la muerte, uno
de sus peores enemigos, porque nuestro Dios ama la vida de cada ser
viviente, de la misma manera como siempre amo la vida sagrada de su
Árbol de la vida, excepto la vida mentirosa de Satanás.
Entonces como nuestro Padre celestial sabe perfectamente en su corazón
santísimo que éste mal terrible del hombre viene a él inevitablemente,
sino lo ayuda pronto, como perdonándolo y bendiciendo su vida terrenal
y espiritual grandemente, pues ha de morir en sus mentiras y maldades
eternas para jamás volver a ver la vida del paraíso, por la cual lo
crea inicialmente. Ahora, para salvarlo de su mal terrible, de llegar
a ser parte del ángel de la muerte y de Satanás no sólo en la tierra
sino también en el infierno para siempre, pues le dio todo lo que le
podía darle a él, su misma vida, y ésta vida es la vida santa de su
Árbol de la vida, ¡su Jesucristo! Históricamente, nuestro Padre
celestial no ama al vaticano por su tradición impía, injusta,
mentirosa y manchada de sangre inocente, en vez, nuestro Dios ama a
Israel, como de costumbre, como en la antigüedad, y, hoy en día,
quizás más que nunca a las naciones, ¡gracias a los poderes sublimes
del Espíritu de la sangre resucitada de nuestro Salvador Jesucristo!
Esto si es amor eterno de parte de nuestro Padre celestial, para
darnos no sólo de su Espíritu Santo en gran medida, como desde los
primeros días de la creación del cielo y de la tierra (génesis 1:2),
por ejemplo, sino que también nos entrega la sangre y con su vida
sumamente santísima de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Para
que, de este modo, el hombre y la mujer, mientras vivan en la tierra o
partan hacia el más allá en su día señalado por nuestro Padre
celestial, pues entonces vengan a ser perfectos como su Árbol de la
vida, su Hijo amado, llenos de su vida santísima y sin igual del
cielo, eternamente y para siempre.
Es decir, que el hombre y la mujer están destinados, por mandato de
Dios, ha ser como su Hijo, ni más ni menos, tal cual como él siempre
ha sido delante de Él y de sus huestes angelicales a través de los
tiempos y hasta nuestros días, para adorar y para servirle a él
fielmente, sólo en su nombre todopoderoso. Por tanto, el hombre que
nuestro Padre celestial crea inicialmente en la imagen y conforme a la
semejanza divina de su Mesías celestial, su unigénito o el Hijo de
David, fue para que sea igual que Él mismo, hoy y por los siglos de
los siglos, para que toda verdad y justicia se cumpla grandemente
delante de él en la eternidad.
Es por eso que cuando recibimos al Señor Jesucristo, creyendo en
nuestros corazones y confesando con nuestros labios su nombre
angelical y salvador, pues entonces volvemos a nacer no de Adán como
cuando peca en el paraíso, sino del Espíritu Santo para vivir sólo en
el mundo de la obediencia infinita a la verdad y la justicia celestial
de la Ley. En otras palabras, con Adán, porque peca, volvimos a nacer
no del Espíritu Santo como cuando nuestro Padre nos formaba en sus
manos, en el mismo día que formaba a cada hombre, mujer, niño y niña
en la vida de Adán o como Eva, por ejemplo, sino que volvimos a nacer
del espíritu de error de Satanás y de la serpiente antigua.
Pero con el Señor Jesucristo, al comer de su verdad y de su justicia
infinita, en un momento de fe y de oración delante de nuestro Padre
celestial, pues entonces volvemos a nacer de nuestro primer Espíritu
creador, el Espíritu de Dios y de su Jesucristo, para jamás volver a
pecar delante de Él, sino vivir infinitamente felices en la eternidad.
Somos sólo felices en Jesucristo en la tierra, en el paraíso y en La
Nueva Jerusalén celestial del cielo, para siempre. Porque éste es el
Espíritu de Dios, el cual en si, nos dio vida inicialmente en el
paraíso, en la imagen y conforme a la semejanza celestial de nuestro
Padre celestial, para vivir sólo con Él y así entonces comer y beber
por siempre de su Árbol de la vida eterna, su Hijo amado, ¡nuestro
Salvador Jesucristo!
Es decir, también que cada impío o cada impía, cuando acepta al Señor
Jesucristo en su corazón, como su Cordero celestial, como su sumo
sacerdote, de parte de nuestro Padre celestial para perdonar sus
pecados y darle vida y salud en abundancia, entonces deja de vivir
para el espíritu de Adán y sólo vive para el Espíritu de Dios
infinitamente. Porque la presencia del Espíritu Santo en la vida de
cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, es,
verdaderamente, la presencia de nuestro Padre celestial y de su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, tal cual como debió de ser en el
comienzo de la vida de Adán y Eva en el paraíso, si Satanás no les
miente, por ejemplo.
Pero como Satanás le mintió por medio de su serpiente antigua del Edén
a Eva para posteriormente manchar no sólo su vida celeste sino también
de cada uno de sus retoños, como toca tu vida el pecado hoy en día,
pues entonces vivimos cada día de nuestras vidas como Adán, pecando
siempre cada vez más en total ignorancia de Jesucristo. Empero, aunque
esto es verdad, si nosotros mismos y aún hasta los impíos más
terribles y pecadores que Satanás se arrepienten de sus mentiras y
maldades, entonces el espíritu de Adán se va de ellos, o sea el
espíritu de error muere, para volver a nacer de nuestro primer
Espíritu humano, y éste Espíritu es el Espíritu de Dios en nosotros
primitivamente.
Es decir, también, que nuestro Padre celestial envía a su Hijo amado a
Israel a rescatar lo que se había perdido inicialmente por culpa de
las primeras mentiras que Eva y luego Adán y sus ascendientes creyeron
de los labios de la serpiente antigua de parte de Satanás, para
destruir la imagen y la semejanza de Dios en cada uno de ellos.
También podemos decir que nuestro Padre celestial envía a su Hijo
amado al mundo, como el Árbol de la vida eterna, instalado sobre el
monte santo en las afueras de Jerusalén, en Israel, para volver a
rescatar lo que inicialmente le perteneció a su Espíritu Santo, la
vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera.
Porque la verdad es que cada uno de nosotros pertenece, por inicio, al
Espíritu Santo de Dios, ya que somos espíritus celestiales del
paraíso, tal cual como los ángeles del cielo: la única diferencia,
entre ellos y nosotros, es que tenemos la imagen y semejanza de Dios
y, además, vivimos sólo por la sangre de Jesucristo, su Hijo amado,
¡el Santo celestial! Es por eso que todo aquel que invoca el nombre
angelical y milagroso del Señor Jesucristo, como su único y suficiente
salvador o como su Gran Rey Mesías, por ejemplo, entonces vuelve a
nacer no del espíritu de error de Adán o de sus antepasados, sino del
Espíritu Santo de Dios y de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Es decir, que cuando aceptamos al Señor Jesucristo como nuestro
Salvador celestial, tal cual como Adán fue llamado inicialmente por
nuestro Padre celestial a aceptarlo como el Árbol de la vida, pues
entonces regresamos al seno de nuestro Creador, regresamos a nuestro
primer calor de amor inagotable, para jamás volver a vivir en
inseguridad sino en la paz angelical únicamente. Porque cuando
aceptamos al Señor Jesucristo en nuestros corazones y en nuestras
vidas de cada día, entonces estamos abandonando el espíritu de error
de Satanás, el cual Eva y luego Adán recibieron en sus vidas cuando
creyeron las mentiras de la serpiente antigua para mal de sus vidas y
de sus ascendientes, para miles de generaciones venideras.
Además, esta vida es una vida no sólo de pecado sino de mentiras,
calumnias, maldades sin fin y de muertes terribles de mucha gente
inocente en todos los lugares de la tierra, lo cual hiere grandemente
el corazón sumamente santísimo y sensitivo de nuestro Padre celestial
y de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque esto es algo que
no debería suceder en la vida de cualquier hombre, mujer, niño o niña
de todas las familias, razas, pueblos, y reinos del mundo entero,
porque nuestro Padre celestial nos dio poderes sobrenaturales en el
derramamiento de su Espíritu y de la sangre bendita de su Hijo, sobre
su monte santo en Jerusalén, para protegernos cada día.
Es decir, que nuestro Padre celestial siempre desea sólo vida eterna
para cada uno de nosotros, como en el día de nuestra creación en sus
manos santas, como antes del pecado y hasta después del pecado
también, para que no vivamos más para Satanás sino que volvamos a
nacer para su árbol de la vida, ¡el Hijo de David! Evidentemente, sólo
en el Espíritu de la sangre santísima, la cual resucito en el tercer
día, llena de la vida de nuestro nuevo reino celestial, es la que nos
limpia de los males terribles del pecado y del ángel de la muerte,
para abandonar la vida de Adán y regresar a la vida santa del paraíso,
¡nuestro Señor Jesucristo!
Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es la muerte de la muerte, y si
él está instalado en tu corazón, entonces el ángel de la muerte ya
está muerto para ti, lo que da entender es que jamás morirás sino sólo
vivirás infinitamente en tu nuevo lugar/hogar eterno del paraíso o de
La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo. Entonces
si el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo vive en tu corazón
complaciendo a nuestro Padre celestial, como deseo ser complacido
inicialmente por Adán en el paraíso con el fruto de la vida, “su
sangre reparadora”, entonces Satanás y cada uno de sus diablos,
incluyendo la muerte, están muertos para ti, a partir de ahora y
siempre—si sólo confiesas a Jesucristo.
En la medida en que, sólo en el Señor Jesucristo es en quien nuestro
Padre celestial tiene complacencia divina y absoluta cada día de
nuestras vidas terrenales y celestiales, para cumplir y honrar
infinitamente el Espíritu de Los Diez Mandamientos y de su nombre
sumamente muy santo, por ejemplo. Y fuera de nuestro Jesucristo no hay
reino ni vida que valga para nuestro Padre celestial y así también
para su Espíritu Santo y sus ángeles, arcángeles, serafines,
querubines y demás seres santos del cielo; es por eso que el Hijo de
David es muy valioso en nuestros corazones hoy, pues, es como vivir ya
con nuestro Hacedor cada día.
Ahora, los impíos que no aman a Jesucristo, ciertamente, no pueden
amar a nuestro Padre celestial jamás, quien los crea en sus manos
santas originariamente para que sean llenos no sólo de su imagen y de
su semejanza celestial, sino también de los dones maravillosos de su
Espíritu Santo, al creerle en su corazón y confesarle con sus labios
en oración. Es decir, que los impíos no pueden amar al Señor
Jesucristo, tal cual como deberían amar a nuestro Padre celestial que
está en los cielos, porque el espíritu que está en sus corazones, en
si, es un espíritu de error y de gran mentira de parte de Satanás,
para mal constante de cada día de sus vidas, terrenales y
celestiales.
Y es, precisamente, éste mismo espíritu de Adán, por ejemplo, el cual
lleva al hombre y a la mujer, como al niño y a la niña también de
todas las familias, razas, pueblos, tribus, linajes y reinos de la
tierra, ha caminar por senderos de tinieblas y de muertes terribles
cada día, para morir y más no para vivir jamás. Y, hoy en día, como en
la antigüedad, por ejemplo, para con sus siervos y para con sus
siervas, nuestro Padre celestial anhela que cada uno de nosotros viva
en paz y llenos de amor y de felicidad infinita de conocerle a él,
sólo por medio de su fruto de vida y de salud de su Hijo, ¡el Hijo de
David!
Es por eso que el evangelio eterno de la predicación del Espíritu de
la vida y de la sangre resucitada en el tercer día de nuestro Señor
Jesucristo no cesa de “advertirles y de llamarles con urgencia al
arrepentimiento”, para que el espíritu impío de Satanás salga de sus
vidas y así entre su Espíritu Santo y su Jesucristo. Porque sólo en la
llenura del Espíritu Santo de Dios y de su Jesucristo hay vida y salud
infinita para cada uno de ellos, así como hay vida y salud eterna para
cada uno de los ángeles del cielo, por ejemplo, desde la eternidad y
hasta la eternidad, sin duda alguna.
Para que, de este modo dejen de caminar por el camino del error, la
mentira, la maldición, las calumnias y de las muertes terribles de
cada día en la tierra y en el más allá también, como en el mundo de
los muertos, de las almas perdidas sin Jesucristo y sin el perdón de
la salvación eterna, por ejemplo. Y sólo así entonces, después de
haber reconocido al Espíritu de nuestro Salvador Jesucristo en sus
corazones, pues volver a nacer de su primer Espíritu viviente, y este
Espíritu del hombre, como de Adán y Eva inicialmente, es,
naturalmente, el Espíritu Santo de Dios, el mismo Espíritu que habita
desde siempre en nuestro Padre celestial y en su Jesucristo, por
ejemplo.
En la medida en que, en el día de su creación no había otro Espíritu
alrededor de Adán ni menos de cada uno de sus descendientes,
comenzando con Eva en el reino de los cielos, sino sólo el Espíritu
Santo de Dios y de su Jesucristo. Pero cuando Satanás se introdujo en
sus vidas con mentiras, para que le creyeran a él en lugar de creer a
la verdad y la justicia del Espíritu Santo y de su Jesucristo, pues
entonces el Espíritu Santo salió de ellos para que en su lugar entre
el espíritu de error, para así alejarlos de Dios y de su Jesucristo
infinitamente.
Y esto sucedió con Adán y Eva simultáneamente en el paraíso, porque el
Espíritu Santo de Dios no puede estar donde había la mentira en contra
del Señor Jesucristo, el fruto del Árbol de la vida de nuestro Padre
celestial y de cada uno de sus ángeles santos del cielo, por ejemplo.
En aquel tiempo, cuando Adán y Eva salieron del paraíso para descender
a la tierra, entonces el Espíritu Santo regresa a sus lugares santos
de la antigüedad, porque el pecado salió del cielo y para siempre; y,
desde entonces, el pecado no regresara jamás al paraíso, aunque empezó
ahí inicialmente en sus alturas, cielos y tierras angelicales, por
ejemplo. Es por eso que el impío no encuentra paz en su corazón ni en
ninguna de sus cosas de cada día en la tierra ni menos en el más allá,
porque no está lleno del Espíritu Santo su corazón y su alma eterna,
sino del espíritu de las mentiras originales de Adán, injustamente
dichas en contra del Árbol de la vida, ¡Jesucristo!
Porque la verdad es que si no encuentras paz y amor en la tierra, hoy
en día, menos la vas a encontrar cuando mueras y caigas en las garras
del ángel de la muerte del más allá, como en el mundo de los muertos o
el infierno, por ejemplo, en donde el árbol de la vida no está, sino
Satanás. Un consejo antiguo, no camines nunca con aquellos que no
conocen a Jesucristo como su salvador personal de sus corazones
eternos, porque la bendición constante del Espíritu de Dios y de
nuestro Padre celestial no está con ellos sino las maldiciones de
Satanás, y esto es muerte segura para cualquiera.
En vista de que, si te juntas con los impíos, pues entonces has de
sufrir los males terribles de los necios y las maldiciones eternas de
la antigüedad, para perder mucho y hasta tu propia alma eterna y la de
los tuyos también, entre las llamas ardientes del fuego eterno del
mundo de los muertos. Porque con el impío nadie podrá jamás encontrar
verdad en ninguna de sus palabras ni mucho menos derecho ni su
justicia, sino conoce a Jesucristo como el Hijo de Dios, como el Santo
de Israel y de las naciones en su corazón; es más, en su corazón sólo
puede estar y hacerse sólo lo que Satanás quiere, destrucción, como
siempre.
No te juntes con los impíos jamás, para que no manches tu vida con sus
mentiras e injusticias terribles de profundas mentiras y calumnias
increíbles; ellos para ti son la misma muerte en cada día de tu vida
tocando a la puerta de tu corazón, para que le abras y mueras con
ellos en la tierra y en el infierno también. Nuestro Padre celestial
es justo y aborrece la mentira y la maldad del impío en cada momento
de su vida muy santa del cielo. Aprende del Señor Jesucristo, él sólo
se juntaba con sus apóstoles y discípulos para ir a predicar la
palabra de verdad y de salvación infinita de cada hombre, mujer, niño
y niña no sólo de Israel sino también de las naciones de la humanidad
entera, sin hacer excepción de persona alguna jamás.
Acuérdate siempre que los senderos del impío son engañosos, tan
engañosos como ellos mismos para mal de cualquiera; cualquiera que
camina con ellos le hace mal a los suyos y se mancha mucho más que
antes de tinieblas increíbles, para su corazón y para su alma
viviente. Nunca creas a sus palabras, pues es el espíritu de error
hablándole a tu corazón para haber como puede hacerte tropezar en
alguna de sus mentiras o trampas mortales; muchos desdichados ya se
han encontrado cara a cara con el ángel de la muerte al tratar con
ellos, porque el Señor Jesucristo no estuvo jamás en sus corazones
oscuros.
Ciertamente, el que camina con el impío, no conocerá jamás la paz,
sino que las tinieblas antiguas abundaran en su vida de cada día; sólo
Jesucristo podrá rescatar su alma perdida de sus tinieblas y de las
tinieblas de los impíos más terribles de toda la tierra, únicamente
confesando su nombre milagroso, en un momento de oración y de fe. Es
por eso que el derecho se aleja de los impíos, y la justicia jamás los
podrá alcanzar por más que se acerquen a ella con engaños y como
siempre, porque amaron mucho más las tinieblas de sus corazones impíos
antes que la verdad y la justicia del corazón del Árbol de la vida,
¡nuestro Señor Jesucristo!
Pues llamados fueron por nuestro Padre celestial como cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, ha amar y ha seguir la
justicia y solamente la justicia cada día, para que, aquel que está en
los cielos se alegre de sus buenas palabras y acciones para con ellos
mismos y para con sus hermanos y hermanas también, por ejemplo. Porque
lo que nuestro Padre celestial siempre busca en cada uno de los
impíos, así como lo busca en cada vida de la humanidad entera en toda
la tierra, hoy en día, es, en si, la verdad y la justicia de su
Jesucristo, para que las tinieblas mueran y la luz del cielo brille
más que nunca.
Es decir, que el llamado de nuestro Padre celestial, desde el
principio de la vida santa del paraíso, para con Adán y así también
para con cada uno de los suyos, de seguir la justicia y la justicia
solamente, es verdad hoy en día también, para todos en todos los
lugares de la tierra, sin hacer excepción de persona alguna jamás.
Porque los que esperan por la luz, cuando el espíritu de error aún
vive en sus corazones pecadores, por culpa del pecado original de Adán
y Eva, por ejemplo, entonces sólo verán en cada día de sus vidas y aún
hasta en el más allá también, tinieblas tras tinieblas sin fin, para
muertes aún más terribles del lago de fuego.
Muertes terribles e inconcebibles en el corazón del hombre, de las
cuales sólo Satanás, el ángel de la muerte y sus legiones de ángeles
caídos deberían sufrir únicamente, pero el impío morirá junto con
ellos, no porque nuestro Padre celestial lo desee así, sino porque
Jesucristo no está en sus corazones fatalmente, por error. Por eso,
esperar por la luz, cuando aún vives lejos de Jesucristo, es una
locura del paraíso sin fin, como la locura que cometió Eva y luego
Adán también por engaño angelical de Satanás; porque todo aquel que
camina en la oscuridad del fruto prohibido es ciego, por lo tanto, no
podrá ver nada de nada jamás, eternamente y para siempre.
Pero los que se arrepienten del pecado original de Adán y Eva en sus
corazones, pues en un momento de fe y de oración, en el nombre
angelical y sobrenatural del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo,
cambiaran sus vidas milagrosamente de tinieblas a la luz más brillante
que el sol; pues ellos brillaran como las estrellas del infinito para
Dios. Caminaran día y noche sólo por senderos de verdad y de justicia
sin fin, para sólo conocer el bien de todas las cosas, como las
creadas por la palabra santa o por el nombre glorioso y majestuoso de
nuestro Padre celestial que está en los cielos, para gloria y honra de
su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!
En éste sendero del paraíso y de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa
del más allá no caminara ningún impío del paraíso ni menos de toda la
tierra, a no ser que vuelva a nacer del Espíritu Santo de Dios,
invocando, hoy antes que mañana, el fruto de la vida eterna del cielo,
para ser lleno de Dios, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque sólo el
que es lleno del Espíritu Santo de nuestro Padre celestial y de su
Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, podrá realmente volver a nacer
para ser como los ángeles del cielo o como el mismo Dios y Creador del
cielo y de la tierra, lleno de la nueva vida infinita del Árbol de la
vida, ¡el Hijo de David!
Entonces nosotros, como seres humanos del mundo entero, podemos ser
llenos del Espíritu Santo de Dios, como nuestro Padre celestial lo es
y así también su Hijo amado, nuestro Jesucristo, porque hemos sido
creados en su imagen y conforme a su semejanza celestial; por ende,
podemos ser como ellos mismos eternamente—pues para esto nos crea
Dios, desde el principio. En éste camino santo del paraíso y del nuevo
reino celestial, sólo transitaran para vivir sus vidas santas y
normales del más allá, llenos cada día y por siempre del Espíritu
Santo de Dios y de su Jesucristo, para brillar más fuerte que el sol
en toda su verdad, santidad, pureza, derecho, amor, paz y vida llena
de una justicia impecable.
Si, así será: Seremos cada uno de nosotros, en nuestros millares, uno
a uno, como nuestro Árbol de la vida, como nuestro Señor Jesucristo o
como nuestro Padre celestial, llenos de su Espíritu Santo, pues para
esto nos crea desde el comienzo de las cosas en el reino de los
cielos, en su imagen y conforme a su semejanza celestial. En verdad,
esta es una justicia tan santa y tan pura y perfecta en el corazón de
nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro Gran Rey Mesías,
la cual ni aún los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás
seres santos del cielo la han vivido jamás, ni menos la conocen hasta
el día de hoy.
Pero los que aman al Fundador de sus nuevas vidas infinitas, a través
del Espíritu de la vida y de la sangre resucitada de nuestro Señor
Jesucristo, en el tercer día de la nueva vida eterna del cielo, la
poseen ya en sus corazones para jamás abandonarla, como Adán la
abandona inicialmente por las mentiras de Satanás en el paraíso. Pues
con el Señor Jesucristo en nuestros corazones conoceremos la paz desde
ya, para caminar día a día por los senderos de la verdad y la justicia
irreprochable y enteramente satisfactoria de nuestro Padre celestial y
de su Espíritu Santo.
Cualquiera que camine con nosotros, en verdad, estará caminando
también en las múltiples bendiciones infinitas de nuestro Padre
celestial y de su Hijo amado, nuestro Salvador Jesucristo, para jamás
sufrir la falta de ningún bien del cielo. Por esta razón, el derecho
siempre estará en nuestros corazones, para que el Espíritu de la
justicia de nuestro Padre celestial y de su Hijo nos alcance cada día
con sus múltiples bendiciones de paz, amor, felicidad y de gozos
infinitos de nuestros corazones de conocer a nuestro Padre celestial
de persona a persona en la eternidad.
Porque sólo los que hacen su voluntad podrán entrar a la nueva vida
del nuevo reino sempiterno, y ésta es La Nueva Jerusalén Santa y
Honrada del cielo, en donde el derecho reina sublime para que se haga
justicia impecable cada día para los hijos e hijas de Dios y de
nuestro Señor Jesucristo, empezando hoy mismo con tu vida. Pues
esperamos por paz con sus bendiciones celestes, aún mayores de las que
hayamos conocido en nuestras vidas antiguas, y nos alcanzara para
vivirla sobrenaturalmente, como jamás los ángeles del cielo la han
vivido, gracias al Señor Jesucristo quien estará aún en nuestros
corazones para crecer cada día más y más y para siempre en la
eternidad venidera.
Por lo tanto, con el Señor Jesucristo solamente caminaremos en el
resplandor de la luz bendita del rostro santo de nuestro Padre
celestial; pues Él mismo es el sol eterno de nuestras vidas por la
tierra cada día y cada noche y hasta aún más allá de la eternidad
celestial. Pues únicamente el rostro del SEÑOR, el Todopoderoso, será
nuestro sol cada día de nuestras vidas para que nos alumbre nuestros
pasos progresivamente hacia el encuentro de nuevas glorias y honras de
santidades profundas del nuevo reino de los cielos, jamás vividas por
nadie, sino sólo por Él, nuestro Padre celestial, ¡la gloria y la paz
celestial!
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):
“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.
SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.
CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.
QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.
SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.
SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.
OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.
NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.
DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.
http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%20///
http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx