Por Enrique Lacolla
Brasil se eleva al rango de potencia mundial. La Argentina perdi� ese tren,
pero quiz� aun est� a tiempo de engancharse a �l en la pr�xima estaci�n.
No hay naci�n sin un proyecto estrat�gico. Y mucho menos en tiempos como los
actuales, cuya caracterizaci�n pasa por la existencia de una voluntad
hegem�nica que apunta a nivelar todo de acuerdo a los intereses que
propugnan un determinado tipo de globalizaci�n, jugada a favor del sistema
dominante. Esto es, del capitalismo.
La globalizaci�n camina sobre dos patas: una significada por el ejercicio
determinado de la fuerza bruta -pol�ticas de mercado, bloqueos,
intervenciones militares- y otra que se mueve en el plano de la
"virtualizaci�n" de la realidad, representada de muchas maneras, desde
m�ltiples �ngulos y de acuerdo a un desorden sabiamente orquestado que
oculta la esencialidad de los problemas bajo la hojarasca de una informaci�n
inasible, variable, ca�tica, que no deja por esto, sin embargo, de remachar
en cuanta oportunidad se presenta los datos del discurso �nico, a veces de
forma subrepticia, en otras en forma tan manifiesta como aplastante. Se
trata de la revoluci�n comunicacional, que s�lo puede ser contrastada por
sus mismos medios. Es decir volviendo a introducir los elementos del
discurso cr�tico en el seno del mismo desorden, en la esperanza de que desde
Internet, por ejemplo, y del crecimiento de los puntos de vista
alternativos, se pueda establecer un principio de transparencia.
La apuesta, como se ve, es brava, pues esa misma arborescencia de puntos de
vista distintos puede contribuir a sumar confusi�n a la confusi�n general.
De ah� que las pr�dicas fundamentalistas del integrismo isl�mico, por
ejemplo, no dejen de contener cierta racionalidad dentro de su
irracionalidad: ante la avalancha multiforme de los discursos que no afectan
la marcha del n�cleo duro de la globalizaci�n, sino que m�s tienden a crear
una cortina de humo que lo disimula, la negaci�n furiosa, hasta aberrante,
de los supuestos que han fundado la preeminencia de Occidente tiende a
transformarse en un obst�culo muy dif�cil de reducir.
Pero es obvio que nos encontramos fuera de esta dial�ctica, que no puede
conformarnos pues somos, en definitiva, hijos del Occidente que ha forjado
el capitalismo, el socialismo y la modernidad. Cuando mucho podemos
comprender los factores que se agitan en la reviviscencia de la brutalidad
colonialista y de la resistencia formidable a esta. Sin embargo nuestra
determinaci�n como entes hist�ricos -es decir, como latinoamericanos
provistos de una identidad propia y en condiciones de insertarse en la
corriente del mundo de acuerdo a nuestras propias necesidades- debe ser
afirmada a partir de los valores de Occidente, para escapar del
subdesarrollo que el Centro del Mundo impone a quienes no son capaces de
valerse por s� mismos.
En este sentido debe reconocerse que a nuestro pa�s le falta rendir muchas
materias para ser capaz de dar la talla. La disposici�n al cambio abrupto
pero superficial, el vocer�o ret�rico, la falta de perspectiva estrat�gica o
la existencia de dos de ellas, incapaces de vencerse entre s� -una
agropecuaria y dependiente, aislacionista y estrecha, y otra industrialista
y modernizadora, latinoamericanista y abarcadora- han marcado los �ltimos 60
a�os con un desgarramiento y con muchas huellas de sangre sin que se haya
producido una crisis que proveyese a una s�ntesis. Ello se deriva en gran
medida de la pereza mental y la cobard�a moral del n�cleo social que molde�
la naci�n en el siglo XIX de acuerdo a sus intereses de casta: la oligarqu�a
"compradora". Pero tambi�n de la inexistencia, en el sector empresarial que
podr�a haber tomado su relevo, a�os m�s tarde, de una conciencia burguesa:
m�s que pensar en reemplazar a la oligarqu�a su mayor af�n pareci� residir
en asemejarse a ella, a fin de arribar a su vez a un disfrute parasitario de
la renta. La consecuencia de esto fue que su papel hubo de ser representado
por poderes vicarios provenientes del ej�rcito y los sindicatos, que
hubieron de defenderse -sin demasiado �xito- de la coalici�n entre la
burgues�a empresarial con la oligarqu�a agraria. Esta coalici�n no siempre
est� vigente, pero suele manifestarse en los momentos cr�ticos, fundada en
una asociaci�n tejida con las mallas de la especulaci�n financiera, en la
cual ambas se reconocen.
As� las cosas, Argentina se encuentra hoy sin un proyecto claro de
desarrollo estrat�gico y abocada a una pelea de perros entre un gobierno que
encarna de manera muy insuficiente una tendencia a establecerlo, y un
espectro sociopol�tico que mancomuna a la burgues�a campestre con la
burgues�a empresaria, provisoriamente aliadas en su repulsa al kirchnerismo.
Y todo esto de vuelta de un largo per�odo de dictadura neoliberal que arras�
a sangre y fuego a las resistencias populares, que nivel� a cero la
capacidad de rendimiento de la industria estatal, transfiri�ndola a vil
precio a manos privadas; que foment� las bicicletas financieras y el desarme
intelectual y moral. Al que se vino a sumar, por a�adidura, el desguace de
las Fuerzas Armadas, emprendido con criterios tan oportunistas como
equivocados, como un pase de factura por las atrocidades cometidas por estas
durante la dictadura. Pero este desarme es tambi�n expresivo de una suerte
de renuncia de la voluntad nacional, en tanto esta requiere de ese
instrumento para defender, en �ltima instancia, su integridad territorial en
un mundo m�s que nunca amenazado hoy por las reconfiguraciones abruptas del
mapa y por los divisionismos alentados por el imperialismo.
La situaci�n actual de las fuerzas armadas en Argentina y Brasil
Cierta progres�a fatua se r�e del ej�rcito y se asombra de su persistencia
como de la de un monstruo antediluviano. Los lugares comunes m�s obvios de
la historia entendida de acuerdo a una seudo sociolog�a y psicolog�a que
hacen hincapi� en el antimilitarismo a secas desfilan tontamente: los
"milicos" no est�n ah� sino para rascarse o servir de manera obediente y en
ocasiones con ferocidad a la casta olig�rquica; son malos o idiotas; no hace
falta una hip�tesis de guerra, el ej�rcito en nuestro pa�s nunca hizo otra
cosa que barbaridades y el actual rearme que se percibe en los pa�ses del
�rea no hace otra cosa que reflejar la inflaci�n de ese estamento in�til de
parte de sociedades todav�a embobadas con la ret�rica nacionalista o
demasiado est�pidas para ajustarle las cuentas.
Un pa�s se define por su capacidad de plantarse frente al mundo para no ser
manipulado y las fuerzas armadas juegan un papel latente pero decisorio en
ese terreno. Ahora bien, como no hay caracter�sticas absolutas, ese
instrumento que deber�a ser puesto al servicio de la voluntad nacional est�
sometido a los avatares de la historia: en un pa�s dependiente el ej�rcito
concentrar� siempre el suficiente poder de fuego para ser un elemento
represor al servicio del poder olig�rquico; pero tambi�n, eventualmente,
para erigirse en un poder que asuma por s� mismo las tareas de un desarrollo
nacional que los otros estamentos dirigentes abandonan porque no est�n
interesados en tomarlas en cuenta. Las dictaduras represivas y cipayas
fundadas en las fuerzas armadas han menudeado en Am�rica latina, pero
tambi�n las experiencias del populismo autoritario de signo nacional han
surgido de su seno. Germ�n Busch y Gualberto Villarroel en Bolivia, Per�n en
Argentina, Ib��ez del Campo en Chile, Velasco Alvarado en Per� y hoy Hugo
Ch�vez en Venezuela provienen de esa cantera. Para no hablar de las figuras
fundacionales que promovieron la Independencia: San Mart�n, Bol�var, O'Higgins.
De modo que no se puede especular con antelaci�n a los hechos y sin conocer
cu�les pueden ser las corrientes profundas que se remueven en el �mbito
castrense, aunque la educaci�n nacional de quienes se mueven en este y una
percepci�n genuina de la democracia de parte de sus integrantes son
condici�n sine qua non para evaluarlos. La abolici�n del servicio militar
(este punto de vista seguramente provocar� esc�ndalo entre la progres�a al
uso) fue un paso atr�s respecto del pasado. No s�lo porque empobreci� o
anul� la capacidad de custodiar nuestras extensas fronteras, sino porque
supuso la renuncia a una actividad socialmente positiva que durante mucho
tiempo hab�a permitido la alfabetizaci�n de las masas del interior y hab�a
integrado socialmente a los sectores m�s despose�dos. Por fin, la
contracci�n presupuestaria y la falta de inversi�n no s�lo en sistemas de
armas adquiridos en el exterior sino en los elementos de tecnolog�a de punta
que es preciso desarrollar para potenciar esos sistemas, as� como la
ausencia de un prop�sito claro de emulsionar las industrias para la defensa,
ponen a Argentina en una situaci�n inc�moda respecto del resto de los pa�ses
de Am�rica latina, pasando a depender de la eventual buena voluntad de
Brasil para cubrir intereses geoestrat�gicos que tocan a ambos pa�ses. Como
los yacimientos de petr�leo comprobados o presuntos en el Atl�ntico Sur y la
proyecci�n sobre la Ant�rtida, Malvinas incluidas.
Frente a este curso que hace ostensible una casi absoluta p�rdida de
tonicidad en los reflejos autodefensivos de Argentina, Brasil, por el
contrario, se proyecta al nivel de potencia global con fuerza e
inteligencia. No hace falta que el mundo desarrollado lo reconozca en tal
condici�n; basta observar como se planta en el dise�o de su proyecto
geopol�tico para comprenderlo. Y si el mundo de las potencias dominantes
reconoce esa aptitud brasile�a para equipar�rsele, es porque respeta a quien
no le teme y cree en su aptitud para pararse sobre sus propias piernas,
poni�ndose en condiciones de liderar a un bloque regional provisto de
enormes recursos materiales, energ�ticos y humanos.
En Argentina se desmontaron las industrias que apuntaban al desarrollo
bal�stico y a su aplicaci�n satelital, se soslayaron las posibles
ramificaciones de la industria nuclear con la de la defensa, y la postergada
iniciativa de fabricar un submarino nuclear fue sepultada por el gobierno de
Carlos Menem, junto a tantas otras cosas. Las restricciones presupuestarias
hacen de ese prop�sito una utop�a hoy, aunque a principios del 2008 se
difundi� un proyecto conjunto con Brasil por el cual este pa�s se iba a
encargar de la parte no nuclear del submarino, bas�ndose en tecnolog�a
francesa, y de proveer el combustible at�mico, mientras que Argentina se
ocupar�a de producir el reactor nuclear compacto que propulsar�a al
sumergible. Desde entonces no hemos vuelto a o�r hablar del tema y, en
cambio, el ministro de Defensa brasile�o, Nelson Jobim, acaba de manifestar
que su pa�s ha resuelto fabricar, en vez de uno, tres submarinos nucleares
con tecnolog�a francesa.
�Tendr� Argentina alguna parte en ese proyecto? Y de ser as�, �esos buques
estar�n de alguna manera supeditados a la atenci�n de nuestros intereses? La
comprensi�n brasile�a de la regi�n como un todo es muy superior a la que han
tenido nuestros gobernantes de los �ltimos 40 a�os. Y as� estamos. La idea
de poner a tres y no uno de esos nav�os en el mar es indicativa de que la
canciller�a y el Estado Mayor brasile�os no est�n buscando un submarino
nuclear para poder exhibirlo a modo de representaci�n simb�lica del estatus
de su pa�s, sino que pretenden darle un uso concreto y efectivo para lo cual
necesitan tres y no una de ese tipo de naves. Una para actuar
operativamente, otra en reparaci�n, mantenimiento o descanso, y la otra en
apresto, lista a partir en cualquier momento para reemplazar o apoyar a la
que est� ya en acci�n en el teatro de operaciones.
Seg�n el peri�dico Nueva Mayor�a, que dirige Rosendo Fraga y que, m�s all�
de sus orientaciones ideol�gicas, suele estar muy bien informado, no existe
en nuestro gobierno una voluntad efectiva de potenciar las relaciones
militares con el pa�s vecino, cosa que a su vez derivar�a de su rechazo a la
expresi�n de cierta incomodidad brasile�a por la continuada judicializaci�n
en nuestro pa�s de los casos de violaciones a los derechos humanos durante
la pasada dictadura; cosa que, seg�n los brasile�os, estar�a trabando la
posibilidad de llevar adelante una pol�tica de defensa con visi�n de futuro.
Puede ser as� o no, pero el caso es que la ausencia de ese dise�o
estrat�gico al que hemos aludido antes perjudica tanto a la vertiente
interna como externa del futuro del pa�s. En el plano de las relaciones
exteriores, en particular, no se puede prescindir del establecimiento de
par�metros serios respecto de los vecinos y del proyecto regional que nos
involucra. La pol�mica con Uruguay a prop�sito de la planta de Botnia en
Fray Bentos ha sido desatinada y sirvi� de disparador para el desorden de
los piqueteros agrarios que han conturbado al pa�s y que impusieron un
virtual estado de sitio a las ciudades. Comprometer las chances del Mercosur
por prestar una desmedida atenci�n al pataleo de los piqueteros paquetes de
Gualeguaych� fue uno de los dislates de la gesti�n Kirchner, m�s all� del
mayor o menor grado de raz�n que haya asistido a su gobierno a prop�sito del
cumplimiento o incumplimiento del tratado sobre el r�o Uruguay.
Y si esto es reprochable respecto de uno de los socios "menores" del
Mercosur, �qu� podr� decirse del relativo desinter�s argentino en establecer
una colaboraci�n estrat�gica con el pilar del bloque regional?
A la Argentina le faltan pol�ticas de Estado. Le falta incluso la claridad
de miras que es necesaria para ir abriendo el camino que la lleve a ellas.
Brasil las tiene. En el plano geopol�tico apunta a tres directrices
principales: el desarrollo del interior atrasado, la puesta en funci�n de
esa tarea con miras a asegurar la Amazonia, complejo natural y reservorio
h�drico y forestal sin parang�n en el mundo, y proyecci�n hacia el oc�ano,
hacia el �frica y hacia la Ant�rtida. Para esto �ltimo necesita la
colaboraci�n de Argentina y Chile y la capacidad de pesar militarmente en el
�rea. No para aplastar a sus vecinos, esperamos, sino para conjugarlos en un
bloque regional que sea capaz de erigirse en un factor disuasivo de las
presiones que vienen del Norte.
�Es desmesurado este prop�sito? No hay tal. Es lo que aconseja la l�gica. No
hay naciones sin proyecto ni proyectos sin naciones que sean capaces de
sustentarlos.