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Message from discussion Visión Taoísta de Daniel Reid (Tao - Larga Vida)
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Aon  
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 More options Apr 1, 11:58 am
From: Aon <fundacioncentrodel...@gmail.com>
Date: Tue, 1 Apr 2008 08:58:30 -0700 (PDT)
Local: Tues, Apr 1 2008 11:58 am
Subject: Re: Visión Taoísta de Daniel Reid (Tao - Larga Vida)

MUERTE E INMORTALIDAD

A fin de comprender plenamente la naturaleza de la vida, la naturaleza
de la condición humana y el significado de la <<inmortalidad>>, antes
hemos de entender la naturaleza de la muerte, porque la muerte es la
única certidumbre de la vida. La mayoría de la gente aborrece y teme
la muerte, y, por consiguiente, pasa por el mundo como si la muerte no
existiera y la vida fuese a durar para siempre. Los taoístas y los
budistas destrozan esta generalizada ilusión, pues ven la vida como un
sueño y la muerte como un despertar.

En Taoism: Road to Inmortality, John Blofeld describe los Espíritus
Inmortales de la siguiente forma:

Un inmortal es alguien que, tras desplegar al máximo todas las
posibilidades de su cuerpo y su mente, tras desechar las pasiones y
erradicar hasta los más sencillos e inofensivos deseos, ha alcanzado
una existencia libre y espontánea; es un ser tan próximo a la
perfección que su cuerpo no es más que una cáscara o receptáculo del
puro espíritu. La muerte, cuando venga, sólo será para él como
desprenderse de un vestido gastado. Ha ganado la vida eterna y está
preparado para zambullirse de nuevo en el ilimitado océano del puro
ser.

En términos generales, los taoístas y los budistas están de acuerdo en
que la muerte de los seres humanos se produce en cuatro fases
concretas, tanto para los adeptos como para las personas corrientes.
La diferencia crucial entre ambos es la forma en que reacciona su
espíritu ante el proceso de morir. En primer lugar, el moribundo
pierde todo contacto sensorial con el mundo físico y se hunde en una
bruma lechosa que absorbe por completo su conciencia. A continuación
se presenta un resplandor rojizo que también llena completamente la
conciencia del moribundo. En la tercera fase, todo se vuelve del más
intenso negro, más oscuro que la noche, una negrura tan profunda y
absoluta que hasta los adeptos avanzados pierden momentáneamente la
conciencia. En este punto, el alma corriente se anula totalmente y
cree que todo ha terminado. Pero aún viene una cuarta fase que los
tibetanos denominan <<la clara luz de la muerte>>, una luz cegadora que
ilumina la absoluta negrura de la tercera fase en un destello tan
repentino e intenso como el de un flash. Éste es el instante crucial
en que el Espíritu Inmortal se distingue de la persona ordinaria.
El espíritu de la persona ordinaria se arredra y retrocede despavorido
ante esta luz, pues nunca ha experimentado un poder tan abrumador,
imponente y penetrante. Los adeptos que ya la han experimentado en la
meditación, antes de morir, describen esta luz como más brillante que
un centenar de soles, más transparente que el más transparente
cristal, inconcebiblemente vibrante y luminosa. Mal preparado para la
muerte, y asustado luego por esta repentina explosión de penetrante
luminosidad, el espíritu ordinario le vuelve la espalda y se sume en
la inconsciencia durante unos cuantos días, transcurridos los cuales
vuelve a despertar y se encuentra vagando de nuevo por la Tierra,
buscando los lugares que conoce, creyendo que aún está vivo. Regresa a
su hogar, donde descubre que sus parientes y amigos hacen caso omiso
de él, pues no se dan cuenta de que el espíritu del difunto está
tratando de comunicarse con ellos desde <<el otro lado>>. Tras ver
repetidamente frustrados todos sus intentos de comunicarse con los
vivos, el espíritu del difunto acaba por comprender que ha muerto, y
esto le produce tal conmoción que una vez más se hunde en la negrura
de la inconsciencia.

Los budistas calculan que el lapso entre la muerte y el renacimiento
dura unos 49 días, aunque puede oscilar entre unos pocos días y muchos
años según el nivel de desarrollo espiritual u otras circunstancias en
el momento de la muerte. Durante este tiempo, el espíritu va perdiendo
poco a poco los recuerdos personales de su reciente estancia en la
Tierra y aproximándose a su nueva encarnación como ser humano, animal,
fantasma, demonio, dios o lo que exija su conducta en vidas
anteriores.

Los budistas tibetanos llaman <<bardo>> a esta especie de limbo entre
vida y vida, y el proceso que determina el siguiente renacimiento es
el <<karma>>. Esta rueda de reencarnaciones gira sin cesar, <<reciclando>>
una y otra vez las semillas espirituales de los fallecidos, hasta que
el espíritu individual aprovecha por fin la oportunidad de una vida
humana para cultivar la plena realización espiritual y buscar de una
vez por todas su libertad en la eternidad del Vacío cósmico, para no
renacer ya más en el mundo material.

Los Espíritus Inmortales, por su parte, no retroceden atemoriza¬dos
ante la clara luz de la muerte, pues ya la han experimentado muchas
veces durante sus meditaciones. Así pues, aprovechan este precioso
instante para desafiar a la muerte con un salto que transfiere su
conciencia desde la carne moribunda al cuerpo-espíritu adamantino que
tan cuidadosamente han cultivado para esta ocasión. Entonces el cuerpo-
espíritu abandona el cuerpo a través de la coronilla y se lleva
consigo la conciencia del adepto en alas de su propia energía, que,
debido a la práctica de toda una vida, no se dispersa ni se disipa
ante la muerte sino que entra en el cuerpo-espíritu junto con la
conciencia. Lo más importante aquí es la reacción del espíritu ante la
clara luz de la muerte. Esta luz es como un potente imán: el miedo
repele a uno de ella, mientras que la familiaridad lo atrae. Y es la
propia luz la que proporciona el último impulso de energía que el
adepto necesita para separar el espíritu de la carne dejando a salvo
la conciencia. Esta oportunidad sólo se presenta una vez en la vida,
en la última fase del proceso de morir. No hay una <<segunda
oportunidad>>, y precisamente por eso los adeptos shen hsien se
preparan para este momento con tanta diligencia.

De hecho, incluso el estado de <<inmortalidad>> espiritual al que
aspiran los shen lisien queda limitado a unos cientos de miles o, como
mucho, unos millones de años. Durante este tiempo, el espíritu del
adepto sigue cultivándose para la reunión definitiva con la Fuente
Suprema de toda la creación, el propio Tao. Éste es realmente el
último paso, el final de la línea. El espíritu se funde completamente
con la vibrante vacuidad del cosmos y, al hacerlo, la conciencia se
expande como una nube de vapor hasta abarcar todo el Universo.

¿Qué tal es eso de vagar por el Universo como un <<astronauta cósmico>>?
Quizá la mejor descripción que se haya dado jamás en un idioma
occidental sea la del primer viaje celestial de Saihung en The
Wandering Taoist, un viaje que le exigió varios años de meditación
intensiva en el total aislamiento de una caverna subterránea:
La Osa Mayor vino a él. Él la había llamado. Él la había querido.
Entró en ella, y ésta le alzó más allá de las más altas nubes,
atravesando la airosa cúpula del azulado firmamento hacia una intensa
negrura. Todo eran tinieblas, salvo las dispersas estrellas. El
universo era la noche, pero en sus repliegues estallaba y refulgía el
día.
Permaneció allí flotando. No había sonido. Había proyectado las
estrellas hacia su interior, y luego él mismo se proyectó como una
estrella. Era un cuerpo en el espacio. Como una planta. Un meteoro. Un
sol.
Pero aún existía un estado más profundo. Seguía siendo un cuerpo. ¿Por
qué estaba aquí, y no allí?

Su cuerpo se expandió en una silenciosa explosión. Su perfecto
mecanismo se desplegó y se proyectó en mil direcciones. El cuerpo
había desaparecido, pero aún quedaba una intención. Un recuerdo,
trémulo y remoto; un extraño hilo de individualidad que seguía
flotando en el espacio.
El hilo se disipó. Más allá de las estrellas, los planetas y las
dimensiones, más allá de cualquier caleidoscopio de realidad,
penetrando en infinitas capas. Desaparecido. Sólo quedaba la Nada.
Quienes deseen alistarse en el <<programa espacial>> taoísta y
convertirse en <<astronautas cósmicos>> deberán encontrar un maestro de
meditación experimentado y dedicar toda la vida a aprender de él. Pero
que nadie se llame a engaño: es muy difícil ser aceptado como aprendiz
de estas prácticas, y las prácticas en sí son aún más difíciles. Una
perfecta salud y un perfecto control sobre la propia sexualidad y
longevidad son tan sólo los requisitos mínimos imprescindibles, pues
sin estos logros previos los seres humanos no disponen de suficiente
tiempo ni energía para cultivar el Elixir Dorado y concebir el Feto
Inmortal en su interior.

Tanto si aspira usted a <<llegar hasta el final>> en la búsqueda de la
inmortalidad espiritual como si se da por satisfecho con el más
modesto objetivo de prolongar su vida corpórea en este mundo, lo
primero que debe hacer es emprender el camino hacia la salud y la
larga vida que hemos expuesto en este libro. Una vez domine las
disciplinas taoístas elementales de armonizar los Tres Tesoros y
equilibrar el Yin y el Yang por medio de la dieta y las plantas
medicinales, la respiración y el ejercicio, el sexo y la meditación,
ya estará usted <<en el Camino>>. La distancia que haya de recorrer por
este sendero depende exclusivamente de usted, pues no es ninguna
exageración asegurar que <<sólo el cielo es el límite>>.
¡Buen viaje!

......   D. Reid  (Tao - Larga Vida)

.


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