Cuando en lugar de volver a casa
como estaba planeado, él le telefoneó
diciendo: «He de quedarme dos días más porque me quedan aún varias cosas por hacer», ella lo aceptó sin rechistar; porque aunque él estuviera en casa, ella no era
feliz. Después de colgar el teléfono, empezó a
ordenar el armario y descubrió la caja. Era
una caja de galletas Lu, una marca muy famosa
en Francia. Sintió curiosidad porque hacía mucho tiempo que no la había abierto. Dejó el trapo de quitar el polvo,
abrió la caja y percibió el aroma de algo que
le resultó muy familiar. Sacó una de las
cartas y se quedó allí plantada, leyéndola. ¡Qué dulce era! Su lenguaje estaba lleno de comprensión y amor. Se
sintió refrescada, como un trozo de tierra
seca que por fin hubiera recibido la lluvia.
Abrió otra carta para leerla, porque eran
maravillosas. Al final, dejó la caja sobre la mesa, se sentó y leyó, una tras otra, las cuarenta y seis o cuarenta y siete
cartas que había. Las semillas de su felicidad
pasada seguían estando allí. Habían estado
enterradas bajo muchas capas de sufrimiento,
pero seguían allí. Mientras leía las cartas que su esposo le escribió cuando era joven; y estaba muy enamorado, sintió que se iban regando las semillas de felicidad que
había en ella. Cuando haces
algo parecido, riegas las semillas de felicidad que yacen en el fondo de tu conciencia. Últimamente su esposo
no se había expresado con esa clase de
lenguaje en absoluto; pero ahora, al leer las
cartas, volvía a oírle hablar de aquella forma
tan dulce. La felicidad había sido una realidad
para ellos. ¿Por qué ahora vivían en una
especie de infierno? Apenas recordaba la última vez que le había hablado de aquel modo, pero había sido
una realidad para ellos. Su esposo era capaz
de hablarle con aquel
lenguaje.
Durante la hora y media que estuvo
leyendo aquellas cartas, regó las semillas de
felicidad que había en ella. Comprendió que los dos habían sido torpes porque no habían regado las semillas
de felicidad que había en ellos, sino las
semillas de sufrimiento. Después de leer las
cartas, sintió el deseo de sentarse para escribirle una carta y contarle lo feliz que había sido en aquella
época, al principio de su relación. Le
escribió que deseaba que volvieran a descubrir
y recrear la felicidad de aquellos años dorados. Ahora, podía volver a llamarle «querido mío» con absoluta honestidad y sinceridad. Tardó cuarenta y cinco minutos en escribirle aquella carta.
Era una auténtica carta de amor, dirigida al
encantador joven que le había escrito las
cartas, que guardaba en una caja. Leerlas
todas y escribirle otra le llevó tres horas. Fue un tiempo de práctica, pero ella no sabía que estaba practicando.
Después de escribirle la carta, se
sintió muy ligera por dentro. Aún no se la había mandado, él no la
había leído aún, pero ella ya se sentía mucho
mejor; porque las semillas de felicidad se habían despertado de nuevo, habían sido regadas. Subió a la planta de arriba y dejó la carta sobre el escritorio de su
esposo. Y durante el resto del día se sintió
feliz, porque las cartas habían regado las
semillas positivas, que había en ella. Mientras leía las cartas y escribía a su esposo, descubrió algunas cosas. Ninguno de los dos, había tenido suficiente
destreza. Ninguno de los dos, había sabido
conservar la felicidad que se merecían. Con
sus palabras y con sus acciones, habían creado
un infierno para ambos. Los dos aceptaban vivir como una familia, como un matrimonio, pero habían dejado de ser felices. Después de comprenderlo, ella confió en que si los
dos intentaban practicar, podían volver a ser
felices. Se llenó de esperanza y dejó de
sufrir como lo había hecho en los últimos años. Cuando su esposo volvió a casa,
subió al piso de arriba y vio la carta sobre
el escritorio. En la carta, ella había escrito: «Soy en parte responsable de nuestro sufrimiento, de que no tengamos la felicidad que ambos merecemos. Empecemos de
nuevo para restablecer la comunicación entre
nosotros. Hagamos que la paz, la armonía y la
felicidad vuelvan a ser una realidad».